Considerar a las personas culpables de sus “actos inconscientes” –entre comillas, porque se entiende que somos seres racionales y, por tanto, hacemos uso de nuestro intelecto– puede resultar absurdo según en qué casos. Quizá sea esto lo que nos pasa con el machismo; quizá sea que hay cuestiones tan naturalizadas que ya han dejado de juzgarse.

Hablar de machismo conlleva una vinculación directa con el género masculino. El femenino lo condena; asumimos machismo y mujer como antónimos. Mas no solo lo ejercen los hombres, también lo hacen mujeres. La interiorización de la cultura patriarcal acaba convirtiendo a algunas tanto en víctimas como en culpables.

No se debe sobrevalorar al sexo masculino; no se debe apelar tampoco al establecimiento de una jerarquía entre las mujeres. No. No son opciones viables y aun así se repiten en nuestro día a día, constantemente, como si de un acto reflejo se tratara. No hace falta acudir a las noticias o a la publicidad para percibir la dosis diaria de machismo que parece que nos corresponde.

El resto de mujeres no son unas zorras por comportarse y hablar como les dé la gana. No son menos que tú por decidir no maquillarse, ponerse ropa distinta a la que consideras adecuada o pesar unos kilos de más. Tienen el derecho a la meritocracia y a llevar la vida sexual que ellas mismas decidan. Ser ama de casa no es un rol que les corresponda por naturaleza y no, a ninguna le hace falta un hombre.

Considerar al machismo como una aberración, un atentado contra la igualdad y la integridad de la mujer no vale solo a nivel teórico. Como seres racionales nuestra única labor no es hacer un plan a largo plazo para reestructurar las bases. También lo es el dejar atrás la excusa de que ya venimos configurados por la sociedad machista en la que vivimos y su educación análoga. Ni alienación, ni estereotipos.

 

Columna publicada en el Número 1 de La Mecha (febrero, 2016)

 


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