La cultura eleva al hombre, a su intelecto, a un estadio superior de sabiduría y de consciencia sobre el mundo en el que vive. Otorga la amarga y necesaria certeza de saber que nos estamos aproximando a la verdad, teniendo claro que nunca vamos a llegar a ella. Una lucidez, momentánea en la mayoría de los casos, que no tiene nada que ver con legitimar a nadie para poder mirar al resto por encima del hombro.

La cultura es consumir cultura: suscribirse a Spotify, ir al cine o comprarse un libro. Pero también lo es, aunque de manera ilegítima, descargarse la misma obra. Llamémosle inmoral, ilícita, egoísta e incluso ignorante, pero lo cierto es que también es una forma de consumir cultura -robar, sin eufemismos-. En cualquier caso, el mensaje llega. Con esto no hago apología de la piratería, simplemente admito una realidad que, además, permite a mucha gente tener acceso a esos contenidos.

La cultura es, al mismo tiempo, todo eso que nos configura como miembros de una sociedad; todas las pautas y comportamientos que aprendemos –que no aprehendemos- desde pequeños y que son incuestionables para el resto de nuestra vida. Lo que nos hace sentirnos partícipes de una colectividad y, en definitiva, determina nuestra visión del mundo y de la existencia.

Ambas perspectivas concretan los criterios que nos harán juzgar lo correcto y lo erróneo, lo justo e injusto -de ahí también las discrepancias que, sin embargo, siempre y repito siempre, deben ser respetadas-. Por ello, como la primera etapa de aprendizaje nos viene establecida -no podemos elegir dónde ni quién nos educa- es importante cuidar aquella que está en nuestras manos. Por lo tanto el concepto de Cultura termina por agrupar cualquier conocimiento que derive de la mera curiosidad por conocer, al fin y al cabo, la vida y el mundo. Es importante comprar o robar un libro, comprar o robar un disco; comprar, robar, probar y elegir cultura.

 

Columna publicada en el Número 1 de La Mecha (febrero, 2016)


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