En ocasiones, parece que el ser humano, como actor social que es, olvida que las calles que recorre y los paisajes que contempla no son sino la conclusión evolutiva de un proceso tan largo que escapa, incluso, a su capacidad de conocerlo por completo, dado el carácter efímero del cronómetro vital. En este sentido, el bloqueo para la expresión y el debate parte de lo más profundo de los propios individuos que establecen relaciones sociales entre sí.

Seguro que más de un lector asiente rotundamente al leer estas líneas, pues ni un ábaco es suficiente para calcular la cantidad de veces que las expresiones ´´no quiero discutir´´ o ´´no todo está basado en X´´ salen a relucir en conversaciones encorsetadas en cualquier contexto. En tiempos socráticos la discusión parecía la forma de pasatiempo preferida para los miembros de los diferentes círculos intelectuales. Ahora bien, podemos preguntarnos por qué en nuestra sociedad actual -donde el acceso a la información y la construcción intelectual son viables- la mayor parte de las personas opta por obviar sus capacidades y hacerlas a un lado. No obstante todo tiene su contrario y, a su vez, como exclamaba el propio Hegel en su fenomenología, todo tiene que ver con todo. La soberbia intelectual de quien acumula cantidades ingentes de información —normalmente no procesada— representa la otra cara de la moneda.

Llegados a este punto podemos preguntarnos ¿qué hacer? Como historiador, el tratamiento de la información es algo con lo que tengo que lidiar continuamente en cualquier proceso de investigación, si bien los propios historiadores dan muestra de su carácter militante y en sus obras manifiestan una u otra corriente compartida, mayor o menormente, por el conjunto de la población a quien va dirigida. No es raro ver cómo, sí de una encuesta estadística se tratase, dentro y fuera de las aulas especializadas la mayor parte de las personas asemejará en un mismo prisma fascismo y comunismo. Al tiempo, si con el mismo método procediésemos, veríamos claramente como una práctica totalidad de quien afirma o conduce con sus palabras a tal aseveración jamás habrá leído un libro sobre el tema y, en caso de haberlo hecho, se circunscribirá a la historiografía occidental hegemónica —normalmente americana o británica—. Pues bien, ¿a dónde queremos llegar con todo esto?

En uno de sus estudios, Leon Festinger obtuvo que muchas personas, cuando se enfrentan a una información contraria a sus opiniones, encuentran maneras de ignorar o justificar los mensajes ´´incongruentes´´ con sus disposiciones previas, en lugar de cambiar éstas para ajustarlas a los hechos que tienen ante sus ojos. Evitan la información que no encaja con sus creencias.

Una vez que investigaciones científicas como el de este psicólogo social estadounidense llegan a los oídos de quien protagoniza los hechos que analiza, deberían servir como catapulta cognoscitiva para desprenderse de las vendas que los propios actores se ponen y asumir algo fundamental: la incertidumbre es mucho mayor que la certidumbre. Esto no quiere que decir que no puedan hacerse progresivas conquistas de conocimientos, pues tales campañas llevan librándose desde que el hombre cruzo la orilla entre el mito y el logos. Ha de dejarse a un lado la actitud de no establecer discusión alguna, a sabiendas de que una persona está en error; dejar de poner lo personal por delante de lo colectivo o no indignarse al ver los menoscabos a los que son sometidos nuestros semejantes. La discusión no ha de ser entendida como delimitadora de fronteras entre personas sino como herramienta de profundización colectiva. En definitiva, lo fundamental es la honestidad.

Seamos honestos y reconozcamos los límites de nuestra propia evidencia. Solo así estableceremos un primer paso hacia la verdadera conquista del conocimiento. 


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