Amo los toros. Sí, me encantan ¿por qué no decirlo? Su estética y su majestuosidad son innegables. Quizás esto sea porque desde pequeño me sentaba a ver corridas con mis abuelos. Sí, ahí empezó todo. La primera profesión que quise tener, con apenas cinco años, fue la de torero. Me encantaban los toros y aún permanece en mí ese sentimiento. 

No me malinterpreten, soy comprensivo. Entiendo que a los más escrupulosos los toros pueden resultarles horrorosos y que, por tanto, sean incapaces de admirarlos como se merecen. A esta gente simplemente les digo: no los vean, nadie les obliga. No entro en los gustos personales de cada uno y no permito que otros entren en los míos. Quizás me esté metiendo en un lío por decir esto, pero es que me considero una persona compasiva, empática, amante de los animales y del arte. No dejaré jamás que nadie ponga en duda estas cualidades, ni mucho menos que me desprecien sólo porque ame los toros.

Estos individuos, incapaces de apreciar la belleza de los toros -y normalmente de forma exaltada y poco argumentada- suelen considerarlos zafios, inhumanos o crueles. Entraré en la bajeza de responderles. Los toros son nobles, elegantes y esbeltos, nunca zafios. Es cierto que los toros no son humanos pero, ¿existe algo más humano que el contacto de tú a tú entre animales y hombres? Y en cuanto a lo de cruel… la crueldad radica en la incapacidad de defensa y el sometimiento, los toros no son animales indefensos. Oigo decir que un mundo sin toros sería un mundo mejor. Es atroz que alguien pueda desear semejante cosa hoy en día.

Sí, amo a los toros. Precisamente por eso odio que se les torture. Odio las corridas de toros. Odio el Toro de La Vega y odio las fiestas de San Fermín. En definitiva, odio cualquier fiesta que como único fin tenga burlarse de un animal maltratándolo hasta su muerte. El puro placer de la crueldad. 

Recuerdo todo a la perfección. Y lo recuerdo tan bien porque aquel día sería el primero en el que admitiría mi derrota en una discusión con mi madre. Ella quería apagar la tele mientras comíamos, pero yo estaba viendo los toros con mi abuela. Con una única pregunta ella fue capaz de zanjar aquella pataleta: “Conque quieres ser torero… ¿Y serás capaz de matarlos?” Sin moverme del sitio sentí una enorme caída. No me lo podía creer, el animal sufría con todo aquello. Al toro no le divertía que le adhirieran bastones de colores al cuerpo, ni tampoco bailaba alegre con los caballos. El torero no buscaba jugar con el toro, buscaba matarlo. Desde entonces no he vuelto a ver una corrida. Aquello no era arte, cualquiera que tenga la capacidad empática de un niño de cinco años lo sabe.


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