El denominador común entre el populismo y la demagogia, además de su etimología, es una burda apelación a la identidad colectiva de la sociedad, al pueblo, como si de un ente abstracto se tratase. El primero, lo invoca como fuente legitimadora de la soberanía, manifestando aversión al establishment y a las élites económicas; el segundo, busca y exacerba sus sentimientos, filias, fobias, ilusiones y frustraciones, y cualquier emoción susceptible de modificar sus comportamientos políticos. Dos corrientes que han acabado convergiendo en su devenir como técnicas propagandísticas políticas de tal versatilidad ideológica que han corrompido la totalidad del espectro.

El denominador común entre el fascismo y el comunismo a mediados del siglo XX, además de una concepción política pueril y beligerante, fueron Goebbels y Münzenberg, respectivamente. La propaganda actual es hija de las tesis de aquellos señores que analizaron con perspicacia la capacidad de influencia de los medios de comunicación para modificar las actitudes de la masa. A través de la tosca mayéutica, la sugestión velada, y la falacia cínica y descarada, pusieron en práctica su percepción teórica de la comunicación de masas, gracias a un férreo control de los medios.

La banalización de los discursos actuales o la pornografía política televisiva que inunda la parrilla, serían entendidas por Goebbels como el principio de la vulgarización (el quinto), es decir, la adaptación de la propaganda “al menos inteligente de los individuos a los que va dirigida”, sin olvidar que “cuanto más grande sea la masa a convencer, más pequeño ha de ser el esfuerzo mental a realizar”. La exageración y desfiguración de cualquier anécdota (cuarto), la orquestación de un discurso repetitivo de escasos y fútiles argumentos que converjan en las mismas ideas (sexto), o la transfusión de actitudes primitivas de una sociedad a los argumentos utilizados para influirla (décimo), son herederas de los once principios del Ministro de la Propaganda nazi.

Sin embargo, si destaca el uso de estos principios, es por la simplificación y conceptualización de un enemigo único (primero), la adopción de un símbolo que permita individualizar al adversario, por contagio (segundo), en una sola categoría. Corrupción y terrorismo: enemigos públicos. La desacreditación del contrincante no necesita de una argumentación coherente y exhaustiva, basta con poner en funcionamiento lo que Umberto Eco denominó “la máquina del fango”: identificar al enemigo con los actos más deleznables, demonizarlo. 

El circo mediático entrena a sus púgiles para el ring político, consagrando el populismo, la demagogia y la propaganda como una entidad trinitaria que impera en la confrontación política. “Corruptos”, “mafiosos”, “terroristas”, se acusarán. Todo vale. La verdad se fabrica y se vende. La obra de unos titiriteros legitima para tildar a un partido de apología del terrorismo, adueñándose de la voz y opinión de las víctimas del terrorismo, despersonificándoles. La derecha puede tildarse de corrupta incansablemente. Esas son las dos Españas –ahora cuatro–, las que se vomitan la bilis, las que entran en una lucha encarnizada, disparan primero y preguntan después.

 

 


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