Dos días antes Vito y Lito se habían internado, muy adentrada la noche, en el Parque del Oeste. Se les habían alargado las cañas. Tras andar y andar acabaron en Casa de Campo. Rondaban las dos de la mañana. Comenzaba la última semana de enero y buscaban “cruisers” (en caso de no saber lo que son mira la definición). Pero Vito y Lito habían cometido un error de novato: los habían tomado por delincuentes, y no lo son. 

 

 Cruising. Prácticas sexuales realizadas entre hombres desconocidos. Se da en parques, baños públicos, sexshops... Si quieres saber las zonas de Madrid visita: https://www.google.com/maps/d/viewer?mid=zrcKvRwPHDrw.kXOWbqzDrSxo&hl=es

 

Cruiser. Hombre de entre 30 y 60 años que, con la excusa de estar haciendo trabajo extra, se acerca al Retiro a descargar como resultado de una pobre vida sexual. Les cansa ser demasiado straight en sus vidas diarias.

Los “cruisers” son gente común: abogados, funcionarios, profesores de universidad, padres de familia. Podrían ser tu padre. Y no entran a esas horas en un parque donde te pueden saltar yonquis hambrientos de los arbustos. No. Simplemente se habían lanzado a buscarles en la que es su Meca y a una hora muy imprudente. Así que para el día siguiente se informaron mejor de los hábitos de sus “amigos del parque”. Nuestra pareja no pudo sentirse más feliz y asqueada de tener tantos lugares y tan cercanos en los que hacer su reportaje. Ventas, Príncipe Pío, Neptuno… En realidad, en cualquier lugar, cualquier día, y a horas tempranas. No importa dónde vivas, a escasos metros de tu casa hay un sitio donde desconocidos follan en la oscuridad. Al día siguiente visitarían la Zona 0.


Parque del Retiro. 20:00. En la plaza de El Ángel Caído los niños aún montan en bicicleta. Una congregación de corredores sube y baja la cuesta que desciende hasta Moyano. Y eso que hace frío.


“Entramos juntos en la zona arbolada a la izquierda de la cuesta. Buscamos alguien dispuesto a hacer un trío. Al principio no se ve nada. No hay farolas. Pero pronto los ojos se acostumbran a la noche y, de donde no había más que oscuridad, aparecen decenas de hombres. Hay dos clases: los que están sentados (pasivos) y los que andan con una lentitud exagerada (activos). Cruzarse con uno de ellos es un proceso de aproximadamente cinco segundos. Su aspecto es neutro: Estatura media, capucha, ropa normal. Aunque hay algunos que destacan, y que parecen ser los más codiciados por tener el valor de mostrarse sin reparos. Uno es un viejo sonriente con la mano sospechosamente abajo. Parece un tipo entrañable. Como Santa Claus.

 

Nos metemos por un pequeño camino y decidimos sentarnos en un banco. Alguien entra en el paseo en el que estamos. Sentimos un cosquilleo. Es una sensación similar a la de querer ligar. El mismo nerviosismo que mezcla la emoción y el miedo. El tipo se para enfrente de nosotros. Le miramos sin saber qué va a hacer. Su sombra es extraña y alargada. Gira su cabeza hacia donde estamos y se agarra el paquete. Quiere tema. Luego da un giro de 180º mostrando su interés y vuelve por donde había venido. SEGUIDME ”.

 

Vito y Lito creían que iban a encontrar un sistema de lenguaje complejo. Como el que se usa en otras prácticas sexuales, donde el diferente color de unos pañuelos indica la clase de guarrerías que quieres hacer (desde felación hasta lluvia dorada). Por el contrario, aquí se trata de unos gestos muy vulgares. Simplemente tocarse el paquete significa querer tema. La policía sabe de todo esto, pero no hace nada por impedirlo. Seguramente, incluso alguno participa en el juego. La verdad es que ser “cruiser” es muy sencillo: con poco que hagas, pillas.

 

“Decidimos dar otra vuelta a la Zona 0. La estructura es como una ciudad; con sus calles principales, secundarias y sus plazas. Apenas caminamos veinte metros ya se empieza a ver movimiento. M-i-r-a e-s-o. Un hombre se la chupa a otro en medio del camino, como si le atase los cordones. Pasamos de largo, ojeando pero sin ser muy descarados. Damos una vuelta para cerciorarnos de que lo que hemos visto es real y, en efecto, lo es. El anciano entrañable se la come a un hombre de mediana edad. Cuando acaban de hacerlo, que es bastante rápido, charlan un poco y ríen. Luego cada uno se va por donde ha venido. Bajamos a la zona de los campos de fútbol, el lugar donde te llevan al huerto. Está lleno de pequeñas plazoletas. La actividad es cada vez mayor. Todo empieza a ser una gran locura. Unos se masturban sentados, otros miran. Algunos hacen cosas inexplicables. Dos sombras se meten en los arbustos. Cogemos posición para observar. Están follando como perros. Hay barro en el suelo. No han transcurrido ni quince minutos desde que nos adentramos en la zona cruising. De fondo se oye a los corredores subiendo y bajando la cuesta de El Ángel Caído. Aquí un tipo gime como si fuese el final del mundo.

 

Nos separarnos para hacer más eficaz la investigación. Yo opto por sentarme en un banco. Un extraño se sitúa a mi lado. “Hola, quieres… ¿Hacer algo?”, pregunta. “No, espero a un amigo”. “Vale, buenas noches”. El hombre no se da por vencido. Insiste haciendo un gesto claro con la mano: MAMADADisminuye la distancia entre nosotros y me acaricia la oreja... Mientras, Lito es apuntado por una chorra. El pene se bambolea libre retando a las bajas temperaturas. Si fuese una película Western desenfundaría la suya también, pero no es el caso. Todo se está yendo de madre. Lito corre. Nos volvemos a encontrar en la calle principal de la Zona 0. “Vámonos”.

 

El camino al exterior es intranquilo. Sigue habiendo sombras a nuestro alrededor, no podemos creer lo que acabamos de ver… *Clinclinclin* tres golpes de campana nos sacan de nuestro embelesamiento. Ya estamos fuera. Nos miramos, sintiéndonos sucios pero felices. En la cuesta los niños aún montan en bicicleta”.

 

Artículo publicado en el Número 1 de La Mecha (febrero, 2016)


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