Mi lucha

A los pies de la montaña, un hombre y El Diablo conversan:

– Has conseguido pasar las pruebas a las que te has enfrentado, -dice El Diablo-. Te felicito. Tan solo queda una última. En ese claro hay un árbol. La chica no será tuya hasta que no lo derribes.

Él asiente, desentierra el hacha y se dirige hacia el árbol. Las ganas de acabar con la prueba y de poder yacer con tan hermosa mujer le hacen asestar un primer golpe magnífico, hundiendo la hoja del arma en el tronco. Henchido de soberbia, su risa suena en todo el monte y sus ojos se posan durante unos instantes en ella. Poco efecto tienen los siguientes golpes, pero el hombre no cesa hasta el anochecer. Empapado de sudor y algo incrédulo por su poco éxito, se retira unas horas a descansar.

Al día siguiente hace lo mismo, pero el roble aguanta las embestidas. Así transcurren los días en el Alto Monte. Mientras tanto, la herida se regenera cada noche, pese a que en el pueblo se escuchen ya los golpes secos contra la madera, incluso a esas horas donde la oscuridad lo engulle todo.

Las semanas y los meses se repiten pero sigue en su empeño por derribar el árbol. Él acaba por olvidarse de la muchacha, quien pronto pierde su juventud y su belleza. Tan solo golpea. Lo que el hombre no sabe es que El Diablo lo ha dispuesto todo de tal forma para que ni el inexorable paso del tiempo carcoma la madera y ninguna tempestad dañe al roble.

La mujer acaba muriendo, pero para el hombre es un día más en su batalla contra el árbol. El Diablo, arrogante y malvado, se presenta en los aposentos de El Señor para mostrarle otra víctima más. Al verlo, le pregunta Dios:

– ¿De dónde vienes tú?

– De rodear la Tierra y andar por ella. Tus hijos han vuelto a pecar.

Airado con El Diablo y con su hijo tras la muerte de una de sus vírgenes, Dios manda un rayo para derribar el roble. El hombre, al ver el árbol caído, llora y grita sin consuelo, pues escuchar su propio aliento le produce terror. Tras unos minutos desgarradores, se levanta, coge el hacha y sonríe. Pronto se pone en camino en busca de otro roble, dejando atrás apenas un saco de huesos.

Clase de anatomía


Un chorro de sangre salpicó al público. –Perdón. El doctor tapó con una compresa el nervio que había cortado por accidente y cuando paró de sangrar continuó con la trayectoria del cúter. Dio la vuelta entera al cráneo del sujeto, un círculo perfecto. Ahora debía sustraer la parte superior de la cabeza como si fuese un yelmo. Era un momento delicado. Lo cogió por los lados con suavidad y lo levantó. Luego dejó el trozo de carne y hueso en la mesilla y se limpió las manos. Operaba sin guantes. Bien. Esto es el cerebro. El órgano más importante del ser humano. Sin él no veríamos, no respiraríamos ni reiríamos. Es el “yo”. La percepción de la realidad que tenemos cada uno de nosotros. Y la percepción propia de nosotros mismos. Es por todo esto que debemos conocerlo con plena exactitud. ¿Alguna pregunta antes de empezar?.

Noches de ciudad

La noche en la ciudad es siempre brutal. Me recuerda quién soy y qué hago aquí”.

Aquella madrugada me era imposible dormir, el rumor de los motores apuñalaba mi cerebro. Me senté junto a la ventana para que el aire me refrescara, saqué unos hielos del congelador. El sudor de mi nuca era como el de los toros antes de morir. Fumé mirando al patio, la ropa interior de los vecinos colgando de las cuerdas.

Otherside

 

Su voz no me gustaba, pero no cambié el plan y conduje hasta el descampado. Pensé que la podía matar. Era la primera vez que nos veíamos y nadie de nuestro entorno sabía que existía algo entre ella y yo. Le pregunté que si todo esto no le parecía raro. Me gustan las nuevas experiencias.  Me di cuenta de que todo iba a ser una burda imitación de algún poema de Alberto de Cuenca. Al llegar, nos sentamos contra un muro y nos pusimos a hablar de viajes, de drogas y de nuestro futuro.

En la hora de nuestra muerte

El viejo alzó la vista. Colocó el sombrero sobre su cráneo de tal manera que le tapaba el sol. Se frotó los ojos sin mucha fuerza, para no hacerlos llorar.  Había una mancha blanca en el horizonte. Al fin, había algo en el horizonte.  Habló lo más alto que pudo, un susurro. Sus labios estaban secos. Su garganta parecía una rama partida en su mitad. -¿Lo ves… cariño… lo ves? Hay algo ahí, atiende, hay algo ahí-.

Violette

Nunca pensé que fuese un mal hombre. Parece ser que solo los dementes lo hacen. Tampoco me consideré alguien singular; simplemente una persona ordinaria. Ordinaria y buena, porque la gente es buena en términos generales; o al menos ese es el concierto al que hemos llegado entre todos. Todos no. A mí no se me incluyó. Cada vez que lo pienso se me retuercen las vértebras.

Amor

Mientras me aproximaba a las escaleras recordé todos los peldaños que había subido en los últimos años. Y recordé el infinito vacío que los acompañaba. Me temblaron las piernas, creí caer al suelo. PERO SEGUÍA EN PIE. Mis zapatos eran los de siempre, los viejos “Dior” negros que calzo en las primeras citas. Seguí avanzando. El eco de los tacones sobrevolando el zaguán me sonaba ya a fracaso.

A media asta

Aquella tarde nos reunimos todos en casa de mi padre para escuchar los destinos de la Mili de cada uno de mis amigos. Fui el último en ser nombrado. Me tocó Ceuta.

A ningún español de la Península le importa Ceuta. Creo que si lo de Cataluña se puede arreglar es regalando Ceuta a los catalanes y que empiecen dando tralla con la independencia a los moros.