VEGA

Mientras me aproximaba a las escaleras recordé todos los peldaños que había subido en los últimos años. Y recordé el infinito vacío que los acompañaba. Me temblaron las piernas, creí caer al suelo. PERO SEGUÍA EN PIE. Mis zapatos eran los de siempre, los viejos “Dior” negros que calzo en las primeras citas. Seguí avanzando. El eco de los tacones sobrevolando el zaguán me sonaba ya a fracaso.

 

Cuando llegué al 2ºA Fran esperaba en la puerta. Era un hombre escuálido y alargado, de grandes orejas y recta nariz. No era atractivo, pero no me importaba. Le había conocido un par de días atrás y había aceptado su oferta para lo que él había anunciado como “la mejor cena casera de Madrid”. Nos sentamos en la pequeña mesa del salón; se dio prisa por descorchar una botella de vino barato. Empezó a parlotear de su vida. Yo asentía en silencio. Era funcionario. Se relamía sabiendo que nunca una mujer tan atractiva había aceptado una de sus citas.

Cuando no supo que más decir se levantó. La cena iba a comenzar. Me habían prometido los mejores espaguetis de mi vida muchas veces. Recordé el aburrimiento que me producían siempre las citas. “Jamás nadie me comprenderá”. -¿Dónde está el lavabo?- cuando volví a la mesa servía unos espaguetis blancos que olían a agua de embalse. No supe muy bien qué pensar. Así que simplemente me senté y los mastiqué. Mi boca se llenó de una sustancia espesa y amarillenta. Sonó el timbre de la entrada. Fran atendió a la anciana que temblaba frente a la puerta. La vecina. -¿Has visto al bebé? Estaba en la cuna y de repente…ha desaparecido. Como se entere mi hija de que he perdido el bebé…-.

Cerró la puerta. Se quedó pensativo un par de segundos y reanudó la conversación. Todo siguió el curso que debía seguir. Logró hacerme reír varias veces. No era tan aburrido como me había parecido en un principio, aunque sin duda era un narcisista. Me sentía bien comiendo sus asquerosos espaguetis y escuchando sus falsas anécdotas, por muy extraño que pareciese. Luego vino el postre. Un yogur. No estaba mal. Y de nuevo sonó el timbre. La vecina. Estaba más angustiada que antes. Su cara era roja. -No encuentro al bebé…ayúdeme por favor, no sé qué ha podido pasar…-.

Cuando Fran se sentó parecía ausente. Ahora que sentía más confianza, le conté algunas cosas de mi vida, pero aunque miraba mis ojos, no escuchaba. Me molestó un poco su actitud. Yo había prestado atención cuando él me había hablado. Al acabar el yogur estalló en carcajadas. No pudo parar de reír durante varios minutos. Me contagió su risa excéntrica y aguda. -¿Qué te ocurre?-pregunté con ojos llorosos. Su rostro adoptó una expresión extraña entre la sonrisa y el miedo. -¿Quieres que… te enseñe una cosa?-.

Me llevó a la cocina. Se le notaba cierto nerviosismo. Señaló el cubo de basura orgánico. –Sigo a raja tabla el reciclaje- Lo abrió. Había un bebé putrefacto en su interior. Volvió a reír como un loco. Miré aquel niño deshecho. Tenía signos de violencia por todo el cuerpo. Estaba morado. Me temblaron las piernas, creí caer al suelo. PERO SEGUÍA EN PIE. Al fin había encontrado a mi hombre. 


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