Nunca pensé que fuese un mal hombre. Parece ser que solo los dementes lo hacen. Tampoco me consideré alguien singular; simplemente una persona ordinaria. Ordinaria y buena, porque la gente es buena en términos generales; o al menos ese es el concierto al que hemos llegado entre todos. Todos no. A mí no se me incluyó. Cada vez que lo pienso se me retuercen las vértebras.

“Te considero bueno a ti a cambio de que tú me consideres bueno a mí y…los dos sabemos que no deberíamos”. Atroz. Y la causa de gran parte de las penas humanas. Pero he perdido el hilo de lo que intentaba narrar.

Nunca pensé que fuese un mal hombre. En realidad porque nunca me había preguntado si lo era. Nadie lo hace. Lo veía como algo inconcebible. Me había cuestionado, por ejemplo, si podría ser mejor persona; o había puesto en duda pequeños matices de la ética personal. Siempre partía de un mínimo que más tarde descubrí era una gran mentira. Un consuelo de débiles. El transcurso de ciertos pensamientos y acontecimientos me hizo llegar a la certeza de ser alguien malvado. Alguien repugnante. Alguien que si cualquier individuo “decente” conociese, aborrecería. Y ello, más que cualquier otra cosa, me brinda un ingente placer. Porque gozo tanto con el sufrimiento ajeno que el mínimo dolor me hace profundamente feliz. No necesito violaciones o mutilaciones para correrme. La muerte de un pariente basta; me hace sentir este mundo como un lugar apacible en el que vivir.

Todo empezó hace dos años, cuando descansé durante unos días en la viña familiar. Estuve allí con mi hermano, su mujer y su pequeña hija, Violette. Resultaba adorable (que sea malvado no quiere decir que me falte corazón) y acabó por ser el centro de nuestras diversiones durante nuestra estancia. Una de las mañanas me senté en el porche y la observé jugar mientras desayunaba. Me miró sonriente. Posaba sus rodillas en la tierra y recogía flores para después ponérselas tras la oreja. Junto a ella había un pequeño árbol sin hojas. Y vino una imagen a mí. Una de sus afiladas ramas atravesando su ojo hasta el nervio más profundo del cerebro. Concebí la escena, con la niña sangrando en el suelo, gritando, el ojo en la mano. El vestidito azul enrojecido. Y mi hermano y su esposa llorando al ver la tragedia que acababa de acontecer. Sentí una alegría en el corazón, un vuelco en el alma. Y me aterroricé ante mi propia imaginación. Incluso estaba erecto. ¿Cómo semejante pensamiento había llegado hasta mi cabeza? Lo cierto es que la excitación perduró toda la mañana.

 Los siguientes días, turbado por lo acontecido, decidí encerrarme en mí mismo. Intenté comprender las razones que podían haberme llevado a ese estado. Supuse que era la mejor manera de llegar a la verdad. Reflexioné jornadas enteras. Y  caí en la cuenta de que aquellos no eran pensamientos extraños en mí. De hecho eran frecuentes. Los había tenido desde niño. Sin embargo, nunca les había dado importancia. La diferencia residía en que, aunque no eran nuevos, nunca había sentido nada respecto a ellos y esta vez me habían producido una satisfacción sin precio. Quizás algo había despertado en mí. Algo que llevaba en letargo toda mi vida. No lo sabía. Pero tuve clara una decisión. No debía dejar escapar su placer. Decidí seguir su camino para ver hasta donde me conducían. 

Y llegó el momento en que me pregunté ¿soy una mala persona? Entonces no pude responder con seguridad. Ahora digo con orgullo que sí. Y no hace falta hacer maldades para ser malo. Tener un cerebro podrido es suficiente. 

 

Así, fantasear desgracias se convirtió en un entretenimiento para mí. Dedicaba un espacio del día a ello. Son infinitas las cosas terribles que uno puede crear en su mente, solo debe dejarla trabajar. Tras meses pensé en dar el salto. Pasar de ser el espectador de desgracias al ejecutor de ellas. Pronto supe que no podía empezar con algo grande. Era un novato en tales oficios. Comencé por anular cualquier pequeño favor y más tarde me dediqué a hostilizar el día a día de quien podía. Mi anciana madre era un perfecto campo de pruebas. La asistenta ni se preguntó el porqué de los cardenales de sus piernas. También me acerqué en ocasiones a los suburbios de la ciudad. Y experimenté con el sexo. Si no ocurría nada que pudiese considerar lamentable, pagaba a alguien por hacerlo. Los indigentes son capaces de cualquier cosa por un poco de dinero. Mejor no relataré las cosas que allí vi. Me excitaría demasiado.

Pronto descubrí que el odio funciona como la droga. Y yo, que nunca había sido un hombre de excesos, era un verdadero yonki de la maldad. Cuanto más mal cometía, más pedía mi sangre. Llegué a tener una dependencia física. Y ya no solo me daba placer el dolor ajeno, sino también el mío propio. Era extraño. Feliz con mi desgracia. Acostumbré también a dañar mi cuerpo. Me había convertido en una especie de fanático religioso. Mi salud empeoró drásticamente. Adelgacé hasta parecer una cerilla y mis familiares temieron por mi vida. Al fin y al cabo mi trabajo les daba mucho dinero, y sabían que prefería quemar la herencia a que vieran un solo centavo de ella. Mi hermano, preocupado por mi estado enfermizo, me invitó de nuevo a la viña familiar. Debo decir que en un principio fue beneficioso. Los primeros dos días mejoré. Pero al tercero desperté con la necesidad de querer realizar una crueldad verdadera. Algo en mis entrañas había crecido durante la noche. Sentía que todo lo que había hecho hasta entonces eran pequeñeces. Pegar a una madre era cosa de críos. Miré por la ventana, allí estaba Violette.

Bajé al jardín, comprobando que no hubiese nadie en los alrededores. Me acerqué delicadamente a ella. Le propuse dar un paseo con su querido tío, a lo que aceptó risueña. Caminamos cogidos de la mano, y aunque parecía que andábamos sin rumbo, nos dirigíamos al cobertizo. Ella se extrañó cuando entramos. “¿Por qué nos metemos aquí?” preguntó su voz cálida. No respondí. La arrinconé con un empujón y la agarré con violencia. Primero su rostro. Era muy suave. Luego su cuello… sus pechos aún no estaban desarrollados, era muy pequeña. Seguí bajando… Ella me miraba fijamente. Llegué a la entrepierna. E introduje tres dedos. Mi sangre corría caliente. La niña gemía de dolor. Entonces me paralicé. Estaba cometiendo un gran error. Saqué presurosamente la mano ensangrentada de su falda y huí aterrorizado por lo que  podría ocurrir.

Decidí someterme a una “desintoxicación de maldad”, por así decirlo. Acudí a un párroco que tuvo la bondad de socorrerme. Es un proceso difícil de explicar. Digamos que intentan llenar tu cabeza de pensamientos positivos y puros. Mediante castigos físicos te hacen olvidar cualquier idea que se le aleje de ello. No quiero recordar aquellas semanas… Lo que no sabía el párroco era que yo no pretendía acabar con el mal de mi interior, sino saber manejarlo. Ni por un segundo quise renunciar al que era el único placer de mi vida. 

Finalmente conseguí recuperarme… pero no totalmente. Aún sufro los estragos de mi exceso. Por las noches despierto con dolores y con el mono de la maldad. Supongo que a los que somos como yo nos cuesta conciliar el sueño, porque la noche es el momento idóneo en el que actuar. Es cuando el mal surge de las alcantarillas para asentarse en las calles. Tras pensarlo muchas madrugadas, mirando el techo, he llegado a la conclusión de que somos gente muy sensible… artistas por decirlo de alguna manera. Somos erógenos en el pensamiento. Y somos honestos.  Preguntarte si eres malo es mucho más cercano a la verdad que preguntarte si eres bueno. Y en tu cabeza rondan también pensamientos atroces. Quizás no tengas el valor de conocerte. Quizás no quieres tumbar esa base que te hace creer ser alguien respetable. Pero créeme, te conozco mejor de lo que te conoces. Basta con que te preguntes ¿soy una mala persona? Y respondas con toda tu sinceridad.

 

¿Sabes?

Últimamente no puedo dejar de pensar en ella. Jamás había experimentado algo así. Violette… Recuerdo que mientras introducía mis dedos… ella sonreía. ¡Sonreía! Y nunca confesó nada de lo sucedido a nadie, de lo contrario la ley ya me habría hecho rendir cuentas. Habría tenido mi merecido. Al principio no entendía cómo podía haber seguido haciendo mi vida. Cómo no había sido castigado por lo que había hecho. Pero ahora lo comprendo todo… sí que he sido castigado. Y de la manera más cruel… Me aterroriza recordarla. Sus ojos mirándome fijos mientras yo la masturbaba. Y ella… gimiendo de dolor… Gritando de júbilo por su propio sufrimiento… La angustia me corroe desde entonces. Agarra mi carne, araña mi piel. Me tiemblan los huesos… Quise arruinar su vida pero ella arruinó la mía. Yo… yo no soy malvado. Soy alguien corriente y mediocre. Un cobarde, un despojo. Porque…existe ella.


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