El viejo alzó la vista. Colocó el sombrero sobre su cráneo de tal manera que le tapaba el sol. Se frotó los ojos sin mucha fuerza, para no hacerlos llorar.  Había una mancha blanca en el horizonte. Al fin, había algo en el horizonte.  Habló lo más alto que pudo, un susurro. Sus labios estaban secos. Su garganta parecía una rama partida en su mitad. -¿Lo ves… cariño… lo ves? Hay algo ahí, atiende, hay algo ahí-.

El cielo azul caía plano sobre el suelo. Avanzó un poco más protegiendo su mirada del polvo. -¡Sin duda, ahí hay algo!- Levantó los brazos con excitación, intentando saltar. No pudo. Sintió una punzada en la rodilla. Hizo como si nada para no preocuparla, sabía que no le dejaría continuar si conocía su dolor. Calculó la distancia que les debía separar de aquel borrón al final de la tierra. Debía estar a unos seis kilómetros, no muy lejos. Intentó sonreír. No pudo. En realidad tampoco quería.

Miró atrás. No la encontró donde esperaba: a su espalda y a la altura de su cabeza. Estaba tendida en la arena a diez metros de él, hecha un ovillo bajo su alargada sombra. Se acercó lentamente a su cuerpo, viéndola engrandecerse con cada paso. Le tocó con dulzura el hombro. –Venga, despierta mujer, hay algo en el horizonte-. Insistió acariciando su hombro. Luego paró. Le besó en la mejilla y la contempló un largo rato. Su piel estaba seca y arrugada pero seguía teniendo la misma expresión bondadosa de siempre. El mismo amor de siempre. Resbaló los dedos por su cuello con delicadeza, como si temiera hacerle daño. Mirarla siempre le enternecía. Puso la mano en su pecho. No sintió su corazón. Luego puso la mano en su abdomen. Tampoco su respiración. Volvió a besarla en la mejilla; estaba muerta. La había visto muchas veces, casi toda la vida. Muchos días, muchos años. Pero nunca muerta. Sorbió la nariz, se recostó en la arena y la abrazó, su cuerpo aún estaba caliente. Permaneció horas arrimado a ella bajo el sol.

Con el atardecer se puso en pie. La enorme sombra de las nubes le hizo recordar el frío que venía. Una noche más a la intemperie amanecería sin él. Y ella merecía un final mejor. Un final decente para una vida bondadosa. Debía enterrarla lejos de allí. Secó con la manga de la camisa las lágrimas de su rostro. La cargó a su espalda y continuó el camino. Miró al cielo. Estaba violeta. Era el cielo más plano que había visto nunca. –El mundo no parece redondo hoy- .  El sol caía coagulado. Se hundía en la arena mientras avanzaba. Por un momento le pareció que si retrocedía sobre sus pasos el sol se levantaría. Paró tras sentir un crujido en la rodilla. Agachó la cabeza para observarla. Su forma era extraña, parecía un cúmulo de burbujas. El dolor nacía del mismo hueso. Intentó dar un paso más; cayó al suelo. Sintió la arena fría entrar en sus pantalones. Se levantó renqueante, el cuerpo de su mujer quedó hundido en la tierra. Su gesto se torció al verla. Quebró. Muerta, mientras él vivía. Muerta.Rompió a llorar.

Debía seguir; quizás no podía. La piel roja le quemaba. Miró al frente esperando ver más cercana la mancha. Parecía no agrandarse. – Lo cierto crece cuando te acercas-, pensó. Le atemorizó la idea de que estuviese en su ojo, de que no fuese realidad. Decidió que lo mejor era caminar mirando al suelo. Volvió a cargarla sobre su espalda. Su pierna derecha no respondía. Tendría que hacer el trayecto con una sola pierna. La izquierda. A pequeños saltos. Avanzó observando su sombra. Mucho antes de lo que esperaba su cabeza chocó contra la pared.

Al fin era algo. Una pequeña casa blanca, con muros lisos y limpios. –Una iglesia-. Sonrió con amargura, aunque no quería. Entró por la puerta de madera. El aire era frío dentro, parecía no tener espacios. Inspeccionó el lugar, iluminado con la luz recta que entraba por la ventana. No había nadie. Se acercó al  agua bendita, la bebió. Estaba helada. Mojó su nuca y observó su reflejo en ella. Tenía un aspecto demacrado, le recordó al cadáver de su abuelo.  Tumbó a su mujer en uno de los bancos. Se quitó la camisa, y la puso bajo su cabeza como almohada. Al ver el crucifijo recordó a Jesucristo. Hacía mucho que no le veía. –Hola-. No respondió. Le impresionó su figura, con los brazos estirados y los clavos perforando la palma de sus manos. Se parecía a él. Quiso darle una oportunidad; se arrodilló y rezó mirando el techo. No recordaba la última vez que lo había hecho. Se le hizo raro. Como si fuera un niño otra vez. -Padre Nuestro que estás en el cielo…-. Al finalizar se sintió mejor. Recordó que de crío le hacían repetir una y otra vez aquellas plegarias. Volvió a entonar la oración. Le agradó su musicalidad, su ritmo natural. Un ritmo que salía del alma y que no había recordado en muchos años. En casi toda la vida. Comprendió que aquellas palabras aprendidas tan tempranamente estaban impregnadas en su interior, jamás desaparecería en él. Le alivió saberlo. Miró a su derecha, donde quedaba recostada su mujer. La contempló en silencio. Quería amarla por última vez. El mismo rostro bondadoso de siempre. El mismo amor de siempre. La besó en la mejilla. Se sintió en paz. Muerta, mientras él moría.


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1 Comments

  • Guest

    Guest

    Isabel

    Ángel Plasencia, me gustan tus relatos. Me gusta cómo has escrito esta historia. La historia en sí. Me queda y conservo el placer de haberla leído y la pena de no ser capaz de expresarme como tú. Saludos.