Su voz no me gustaba, pero no cambié el plan y conduje hasta el descampado. Pensé que la podía matar. Era la primera vez que nos veíamos y nadie de nuestro entorno sabía que existía algo entre ella y yo. Le pregunté que si todo esto no le parecía raro. Me gustan las nuevas experiencias.  Me di cuenta de que todo iba a ser una burda imitación de algún poema de Alberto de Cuenca. Al llegar, nos sentamos contra un muro y nos pusimos a hablar de viajes, de drogas y de nuestro futuro.

 

Te busco y no te encuentro.

Grito y no me escucho.

¿No serás tú el mismo

que llama al timbre y abre la puerta?

 

Todavía recuerdo la bipolaridad de mis sensaciones. Me llamó la atención su viveza, su sonrisa y su pelo, rozando hombros, enamorando hombres; también su ingenuidad y un infantilismo común del que es culpable esta sociedad macroburguesa, hipócrita y nihilista que no sabe que le debe la vida a la prosa de los rusos.

 

Pasaron varias horas, pero aún seguíamos apoyados contra la piedra húmeda, contándonos nuestras vidas, nuestras pesadillas. Ella solía soñar con piernas cortadas y túneles infinitos. Yo recordé un sueño muy repetido en mi adolescencia, una pizarra con una frase subrayada: Alma estúpida y atormentada, alimentado está el fuego por puertas en su día mal cerradas.  Entre risas, me dijo que la próxima vez me psicoanalizaría, ya que se estaba leyendo un libro sobre la interpretación de los sueños.

 

Empezó a llover de forma violenta y decidimos ir al coche. Ella se puso en el asiento del conductor, pidiéndome que le contara más historias. La farsa se prolongó hasta que supe que era dueño del silencio: otra victoria pírrica. De vez en cuando, con el eco de fondo del disco de Californication, dejaba de besarme para mirarme a los ojos, buscando y tratando de encontrar los de un hombre que yo no era. Todavía evoco su pelo, al que sigo añorando al verme atrapado entre miles de barrotes cuando una mujer me cierra la boca con un beso.

 

La vida, eterna prometida,

te abraza hasta asfixiarte.

Y al quedarte sin aire

te crees por fin enamorada.

 

La vuelta a casa se hizo confusa. Deambulaba ensoñando rostros. En las noches más frías de invierno casi puedo oír tu voz, recordando y acercando junto a ti, sin rozarte, todas aquellas mujeres que han podido ser y no fueron por nada más que por decisiones indiferentes. Por nada más que por la música del azar. O por lo que argumentan los pobres de espíritu; por el maldito, implacable y despiadado destino.

 

 

 

 

Relato publicado en el Número 1 de La Mecha (febrero, 2016)

 

Ilustración de Juana Uríszar


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