La noche en la ciudad es siempre brutal. Me recuerda quién soy y qué hago aquí”.

Aquella madrugada me era imposible dormir, el rumor de los motores apuñalaba mi cerebro. Me senté junto a la ventana para que el aire me refrescara, saqué unos hielos del congelador. El sudor de mi nuca era como el de los toros antes de morir. Fumé mirando al patio, la ropa interior de los vecinos colgando de las cuerdas.

LA CIUDAD. Los remotos rascacielos como enormes cristales. Cuanto más lejos vives de ellos más mierda es tu vida. Aquí los cielos son rojos. Y están rotos. 

Esperaba a que llegaran  las dos de la mañana. A esa hora, cada noche, la chica de abajo toca el piano. El vecindario la odia por ello, pero a mí me hace más delicadas las horas. La miro desde la ventana y cuando acaba uno de sus valses le guiño un ojo. Ella sonríe… Los perros ladraban con odio esa noche. Miré el reloj de la cocina. Ya eran las tres y la chica aún no había aparecido. Mi corazón no sabía que ritmo seguir. Seguí fumando. El aire cortaba mi garganta, la sentía sangrar, me producía náuseas.

Fui al lavabo para darme una pequeña ducha, luego volví junto a la ventana. Su madre la increpa todo el día, quiere que su hija adolescente sea una gran pianista. No para de gritarla. Cosas bastante feas. La chica es muy infeliz, como la mayoría de los que estamos aquí.

“Siempre me ha frustrado que no haya estrellas en la ciudad, el cielo es un abismo”.

Y ya eran las cuatro. Las marcas de mi brazo me hicieron recordar. Y eso es lo que más odio de la ciudad, que hace recordar. Aquí nadie duerme, todos miran el techo y recuerdan. Se encendían a veces luces en el patio, pero se apagaban al poco tiempo. Seguramente viejos que necesitan mear. Aquí se mea, se recuerda y se muere. Nada más…

Al fin apareció la chica. Eran las cinco. Me alegró verla, estaba especialmente atractiva esa noche. Abrió la ventana y saltó al patio. Llevaba un hatillo consigo. Parecía nerviosa. Se dirigió a la verja metálica que se debe saltar para salir al exterior. La llamé con un silbido-ten cuidado- asintió con ternura. A penas nos conocíamos. Solo habíamos intercambiado breves comentarios sobre sus interpretaciones, pero me tenía aprecio.

“Si no pudiese ser mi hija lo pensaría. Aun así lo pienso”.

Su sombra empezó a subir lentamente por los barrotes negros. Lo hacía con dificultad. Los perros empezaron a ladrar más fuerte. Parecía que querían matarla. Ella seguía esforzándose por avanzar. Y yo seguía mirándola, mudo…

Finalmente terminó por conseguirlo. Saltó al otro lado y desapareció entre las líneas rectas de los edificios. Ya no quedaba nada por ver. No habría un vals esta vez. El cielo era casi azul. Sentí una tristeza suave. Un pequeño vacío al cerrar los ojos. Mis noches habían perdido lo poco que tenían de delicadas. Quizás no volvería a aparecer… Apagué mi cigarro, y con la primera luz del día decidí que debía dormir.

 

 


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