Desde un pastelero exitoso en la ciudad de Nueva Jersey, pasando por una pareja de ladinos pujadores en subastas de trasteros alrededor de Estados Unidos, hasta empresarios desconfiados que se infiltran en el interior de sus propias empresas para controlar el trabajo que desempeñan sus empleados. Estos son solo algunos de los ejemplos de la programación que la cadena Discovery Max lleva emitiendo en el territorio español desde el año 2012. 

Su mensaje a la audiencia está claro: solo las personas que emprenden -proyectos empresariales- pueden llegar a alcanzar las cumbres del éxito. Lógicamente, Discovery Max no es ni la primera ni la única cadena que difunde este discurso, pero sí se le puede reconocer el mérito de hacerlo de una manera más original que otras. Logra explotar muy bien la retórica estadounidense dicotómica del triunfador hecho a sí mismo (principalmente varón, blanco, protestante y heterosexual) y los loosers; cigarras perezosas, holgazanas y pusilánimes que no han sido capaces de alcanzar el éxito porque no se han esforzado lo suficiente para conseguirlo. 

Dicho mensaje, que podríamos calificar de darwiniano-liberal no se queda ahí, sino que plantea al espectador un marco interpretativo de la realidad muy sesgado hacia posiciones reaccionarias y ciertamente imperialistas en algunos momentos (el documental Objetivo Bin Laden es una pequeña muestra de ello). Ahora bien, en la centralidad de este discurso se encuentran dos elementos primordiales. Primero, la insinuación de que todos y todas podemos convertirnos en emprendedores exitosos si nos esforzamos, y, segundo, la necesidad de cooperación entre el empresario y sus trabajadores para formar un frente común para poder competir mejor en el mercado (programas como Pesadilla en la Cocina son prueba de ello). 

Sin embargo, solo el análisis concreto de la realidad concreta nos puede demostrar que estos mensajes no son más que falacias edulcoradas y legitimadoras del status quo. En primer lugar, aunque se ha convertido en un lugar común en el imaginario colectivo de cierta parte de la población el mito de que el problema del desempleo se puede resolver a través del impulso al espíritu empresarial exacerbado de la gente, si es que alguna cosa así existe, la realidad lo desmiente de forma absoluta. No solo por el hecho de que es en los países subdesarrollados dónde más empresas se crean (y donde mayores tasas de desempleo y subempleo hay), o porque la media de vida de una pyme es inferior a cinco años, sino porque ese discurso obvia de plano la relación entre los niveles de empleo, la estructura productiva y la inserción externa de la economía en cuestión. Así, el problema del desempleo se convierte más bien en una cuestión individual relacionada con la mayor o menor aversión al riesgo inversor de la población que en un problema colectivo y estructural. En segundo lugar, sin menoscabar el esfuerzo que un pequeño empresario (un falso autónomo muchas veces) hace para sacar su negocio adelante, es innegable que los trabajadores y empresarios no comparten los mismos intereses. La pugna distributiva entre salarios y beneficios es constante en una sociedad clasista como la capitalista, en este sentido, plantear que son compatibles y conciliables sus intereses es sólo una pieza más del discurso hegemónico dominante. 

Al analizar críticamente este tipo de productos audiovisuales, no podemos más que darle la razón a Antonio Gramsci, fundador del Partido Comunista Italiano en 1921, cuando afirmaba que la hegemonía se sustenta en el hecho de que la clase dominada -que es la que consume masivamente este tipo de productos- asume como suyo propio el discurso, la filosofía y los valores de la clase dominante. 

A modo de conclusión, solamente me queda por señalar que el análisis crítico de este tipo de programas, el esfuerzo por desentrañar los intereses que se ocultan tras la máscara de "programas de entretenimiento apolíticos" y la confrontación de visiones diferentes se convierte así, como en otros ámbitos de la vida, en una labor ímproba pero necesaria para no dejarnos engañar. 

 

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