En los actos de campaña electoral el postureo más desacomplejado se mastica en el ambiente: afloran esos gestos de intento de complicidad, esa simpatía impostada, esas caras de mírame pero no me toques. Es más interesante reparar en episodios concretos (no menos fingidos que en campaña) como cuando Mariano Rajoy se acerca a saludar en la salida del Congreso a Alan Rovira, campeón de Biketrial. “Eres un crack”, le elogiaba el presidente. Más tarde, a través de Facebook, Alan bromeaba: “Le tenía que haber dicho que con los recortes no me llega para el sillín, jajajaja”. (Las bicis de esa modalidad no tienen sillín). Un usuario de la red social aprovechaba la ocasión para tantear a Alan: “Aúpa ese Alan, además de derechas, como Dios manda, sí señor”. A lo que el protagonista del día resolvía: “No hay ni derechas ni izquierdas, es un personaje conocido y ya está!!!!”. Un signo de exclamación más hubiera implicado el desplazarse hasta la casa del interlocutor y pasarle por encima con las ruedas de la bici.

Estamos entrando en una nueva travesía política en la que los partidos no son ni de derechas, ni de izquierdas y en la que los programas electorales son meras sugerencias. Teniendo en cuenta que últimamente los expresidentes se han arrogado la misión de amargar la existencia al personal (véanse los dardos envenenados de Aznar hacia su partido), suplantando de este modo al gobierno de turno, vamos a terminar sustituyendo dichos programas electorales por programas post-electorales. Los candidatos a la presidencia del gobierno de la nación deberán elaborar sus promesas para cuando dejen la Moncloa. A un presidente se le aguanta cuatro u ocho años pero los expresidentes son para toda la vida. Es más adecuado elegir a un aspirante en función de lo que vaya a hacer una vez colgado el traje.

Ha llegado la hora de reinventarse, de abandonar los desfasados programas electorales en la cuneta de la Historia y, por consiguiente, de apostar decididamente por un modelo en el que los candidatos plasmen su hoja de ruta a fuer de ciudadanos.

A modo de ejemplo, reproduzco a continuación una aproximación de lo que podríamos denominar como “plan de retiro”.

Si yo fuera expresidente…

Pedro Sánchez

 -Lo importante es mantenerse íntegro. Voy a seguir siendo yo mismo, a mí el poder no me va a cambiar: estaré igual de buenorro tanto antes como después de mi paso por el gobierno. (Enseña morritos)

Mariano Rajoy

-Ah no lo sé, ¿pero yo soy el presidente? A ver, en Moncloa mando yo pero Soraya toma las decisiones.

Alberto Garzón

Según las últimas encuestas Izquierda Unida está que se sale… del Parlamento.

-Buscaré al lumpen que me robó la bicicleta y lo enviaré al Gulag.

Pablo Iglesias

-¿Expresidente, qué es eso? ¿De verdad creéis que una vez que agarre el poder lo voy a soltar? Que no, hombre, que era broma. Soy muy marxista yo, de Groucho a tope. Mi intención es volver a la Complu a crujir viva a La Perlitas.  

Albert Rivera

-Yo no voy a parar  hasta conseguir reconciliar a los One Direction. Porque están mejor unidos que separados. Esto del independentismo musical no puede traer nada bueno.

 

Francisco Nicolás:

La Pechotes ha sido tajante: Ojalá Francisco Nicolás cierre el Senado, pero con él dentro. ¡Y que no salga nunca!

Se le está bien empleado aunque solo sea por hacerle intrusismo laboral a Mocito Feliz.

Andrés Herzog:

-Quiero evadirme un poco de la responsabilidad de gobernar, hacer vida normal y recuperar el anonimato.

Un cachondo este Herzog, como si a estas alturas alguien le conociera a él o a su partido.

 

Echo en falta a mujeres candidatas que den algo más de vidilla a la campaña expresidencial. Puestos a engañar, que engañen ellas: es sabido que cuando calzan tacones las mentiras no tienen las patas tan cortas.

 


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