El otro día me llamaron feminazi, otra vez. Sí, lo confieso, tengo una cámara de gas dentro del armario. De hecho, cada viernes, antes de salir de fiesta, meto a unos cuantos hombres dentro. ¿Por qué?, preguntas. Pues porque soy una de esas feministas locas y nosotras solemos hacer eso.


Soy mujer, nací con vagina, pero este no es mi único problema. Cómo me visto, cómo actúo, cómo hablo, con cuántos me acuesto (digo cuántos porque, obviamente, solo me interesan los tíos, entre las chicas tenemos que competir y odiarnos), la cantidad de pelo que tengo en el cuerpo, la cantidad de maquillaje que me echo en la cara, también. La hora a la que salgo de casa, la hora a la que vuelvo, los lugares que visito, lo que estudio, mi futuro trabajo, la edad en la que me quede embarazada (si es muy pronto, seré una puta irresponsable, si es muy tarde, ¡mejor me doy prisa que se me pasa el arroz! y si no lo hago nunca, me convertiré en un fracaso como mujer). En definitiva, ser del sexo femenino es un problema para la sociedad y la sociedad ha hecho que también lo sea para mí. Sin embargo, solo con el paso de los años me he podido dar cuenta. De pequeña no era consciente de que ser hombre hubiera sido la mejor opción. Pero no lo pude elegir, ni si quiera mi madre, que me trajo a este mundo que me odia, pudo hacerlo.

 

La verdad es que tampoco está tan mal, si no fuera por el resto. Yo me quiero. Quiero a mi cuerpo incluso cuando me duele en esos días del mes que solo tenemos las mujeres. Si yo puedo aceptarme, ¿qué sucede con los demás? Quizás sean ellos el problema.

 


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