Comienzo a pensar que el número 20 me empieza a ser fatal, tal y como le ocurrió a cierto consagrado articulista —aunque a él le sucedió con el número 24— a quien hoy raramente alguien recuerda. Sí, soy supersticioso; pues es consabido, y más en este país, que el corazón del hombre necesita creer algo, y que cree mentiras cuando no encuentra verdades. Comencé a darme cuenta de tal superstición al dejar de profesar otra creencia que, a día de hoy, si cabe, la considero más irracional: la que tenía en los intelectuales.  Y me di cuenta de esta el día 20 de hace un par de meses, cuando acudí a leer, casualmente —costumbre batueca esta—, el artículo de un afamado escritor con el que me tropecé por casualidad. Aquel día, por seguir haciendo de él algo insólito, me dio por reflexionar y pensé en cómo un señor airado no tiene mayor acometido que el de narrar a sus lectores las escenas veraniegas que se le presentan en la terraza de un bar de un pueblo cualquiera para llegar a la conclusión de que, los padres solo son intolerantes cuando sus hijos están a cargo de otros. Lejos de cavilar en profundos conceptos filosóficos sobre la condición humana, tipos como estos, padres de sus ideas; se podrían aplicar sus propias moralejas y comprometerse más con el rol que desempeñan en nuestra sociedad en lugar de dedicarse a hablar de temas como este u otros, como bien pudieran ser las faltas de convicciones y el dispendio de conveniencias que, más que otros, probablemente tengan ellos, a fin de que no les falten sus veranos en la terraza de un bar.

En cualquier caso, como esta creencia ya la encuentro obsoleta, atañe más hablar de la actual, y es que no acabé de pasar este mal trago, cuando llegó otra asestadura: la del 20 de noviembre, fecha de la cual nunca se recupera uno. Por si no fuera suficiente, ya se aproxima otro atragantamiento; y no es el de las uvas, no. Este año nos citan a todos los batuecos poco antes de las congregaciones navideñas, el día 20, para tener bien calentitas, tanto o más que la cena, las conversaciones familiares. Tengo ya marcada en el calendario la fecha del 19, no como víspera de la desgracia —que también—, sino como jornada de reflexión. ¡Cómo si hiciera falta en este país llamar a la reflexión! Nuestro queridísimo país de "Vuelva usted mañana", un cerco de terreno apodado España, lleno de meditabundas verdades cansadas; un lugar caracterizado siempre por unas cuasi instituciones reconocidas por cuasi toda la nación; con un jefe cuasi imbécil, que no se arma de valor ni para dar la cara ya siquiera; conmociones aquí y allí cuasi parciales; un odio cuasi general a unos cuasi hombres que cuasi solo existen ya en España, quizá por ese "brasero nacional" que los mantiene vivos al calorcito tras tantas tormentas que calaron a medio país un cuasi gobierno de cuasi medidas. Por desgracia, muchos hombres cuasi ineptos incapaces de sostener sus mentiras y, por si no fuera bastante el bochorno, se dedican a eludir sus fallas plagiando los discursos y las estrategias de sus competidores; una cuasi intervención, que nada tiene que ver con el rescate de Grecia, ¿no saben leer?, ¡son palabras totalmente distintas! Además, no olvidemos que esta es resultado de un cuasi tratado, cuasi olvidado, con naciones cuasi aliadas, agrupadas en esa gran mentira llamada Europa.


Afortunadamente "cuasi" y esta nación solo comparten los rasgos de ser cuasi arcaicas y cuasi desesperanzadoras. Existe una esperanza cuasi segura de ser cuasi libres algún día, que nos libre de pensar por momentos en la caja amarilla del futuro; una esperanza, esta vez, promovida por esas personas convencidas de que sí se puede superar el palabro que nos obstruye y que son a la política, lo que el budismo a las religiones. Piénselo bien y olvídese tanto de convicciones políticas —verdad es que de política no entiendo ni una palabra—, como de mi pastiche lingüístico, pues yo no escribo para los que dudan de mi veracidad; el que no quiera creerme puede doblar la hoja, eso se ahorrará tal vez de fastidio. Piense, como le digo, que hay gente tan capacitada como para permitir pertenecer a sus movimientos aunque seas de otro partido; gente que no necesita de la financiación de ninguna entidad opresora, porque no busca dinero y, lo más importante, gente que no entra en el juego y se permite dudar hasta de su propia existencia.

     - ¿Qué puede usted decir a eso? 

     - ¡Cosas de España! 


Y es que, no se sabe si esta Nochebuena amanecerá como la de 1836, a muchos grados bajo cero; pero lo que sí sabemos es que el crédito del Estado seguirá igual, y que en este país solo se ha entendido hasta el momento de retrocesos y progresos frustrados: es el momento de la esperanza.

 

 

Escribir en España (…)

es  sonreír con un puñal hincado en el cuello

palabras que se abren como verjas enmohecidas

de cementerio, álbumes de familia española: el niño,

la madre y el porvenir que te espera

si no cambias las canicas de colores.

Blas de Otero

 


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