Hace unas semanas, Jordi Évole comentaba que los periodistas, entre ellos él mismo, estaban “opinando por encima de sus posibilidades”. Esta afirmación no solo es cierta, sino que es extrapolable a muchos ciudadanos que, con la campaña electoral saliéndoseles de las orejas y las posteriores elecciones, se han lanzado a redes sociales, blogs y los foros de toda la vida; los bares, a opinar de todo y de todos. A hacer análisis de política y sociología, a proponer incluso, soluciones para parar guerras, convertidos todos en estrategas de la OTAN y expertos en bombardeos.

Opinar es precioso y sin el derecho a la libertad de expresión los aspirantes a periodistas no podríamos ni respirar, pero a veces tanto comentario ignorante, cansa, satura y acaba por descomponer la realidad en un puzzle que difícilmente puede volver a reconstruirse.

Quizás es que demasiada información al final provoca desinformación. O quizás sea esa ignorancia crónica que desde hace años sufre nuestro país, cuyo pasado se empeña en rechazar una y otra vez las oportunidades que nos brindó la historia para ponernos a la vanguardia del mundo. Esta ignorancia supina es la que provoca que haya jóvenes universitarios de Ciencias Sociales y Jurídicas que en su segundo año de carrera todavía creen que el voto de todos los españoles vale lo mismo. O que comparten artículos en las redes sociales que no han leído, sólo porque el titular de este es llamativo. Los hay incluso que dicen que “leer es cosa de viejos”. Pues si leer es cosa de viejos, señores, bienvenidas sean las arrugas.

La falta de cultura crónica es algo que hay que pelear con uñas y dientes (o con espadas láser, lo que les venga en gana), pero hay que pelearla. ¿Quién no se ha echado unas risas con los vídeos de Fortfast, viendo a los llamados “canis” (repartidos por cierto, por todos los rincones de la geografía española, no sólo en Andalucía) no saber nombrar más que a su propio presidente cuando se les pregunta por los líderes políticos europeos? ¿O jóvenes que acuden en masa a las procesiones de Semana Santa, con rosarios colgados del cuello, que no saben ni decir más que dos apóstoles ni saben lo que es un “dogma”? ¿O que, al ser preguntados por el nombre de Franco, responden o bien con “Diego” o con un silencio dubitativo? (Paro antes de que nos echemos a llorar, si quieren la prueba, ahí está YouTube) ¿Qué podemos esperar de un país donde nuestro futuro no es crítico ni escéptico con lo que se le cuenta?

Un país donde el fútbol tapa escándalos de corrupción; donde la juventud, en los meses de verano, en vez de agarrar un libro, se dedica a ver “Mujeres y hombres y viceversa”. Donde para algunos adolescentes, la bandera de la República era roja y amarilla. O blanca. Sí, blanca. Han leído bien.

Luchar contra la incultura no es fácil, pero seguro que se hace menos cuesta arriba a través del buen periodismo. Ese que se construye a base de paciencia, sin prisas y con cabeza. El de los artículos bien redactados y las tildes bien puestas. El que no pretende hundir a nadie, sino sacar a la luz la verdad. Ese es el buen periodismo, aquel en el que todos somos un poco detectives y también un poco pillos. Porque sin picardía (y sin libros) no vamos a ninguna parte.


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