Sientes que unos gritos angustiados salen de tu interior, que perforan tus entrañas y te arrancan en un acto doloroso el corazón. En tu pecho un hueco vacío, negro, profundo, atemorizante; y en tu cerebro, nada, porque todas tus ideas, tus pensamientos, hasta tus deseos, han muerto, han caído en el eterno olvido y se han visto cubiertos de tierra. Paletada a paletada. La noche, negra, ha ido cayendo sobre ti y tu alma se ha contagiado y se ha vuelto más oscura incluso que la medianoche de invierno.

Ya no tienes motivos para reír, para llorar, para sufrir por el ser querido porque ahora eres un robot, un ser articulado, metal y roca. Pero sí sabes reír, con la risa amarga y sardónica del desarraigado, del intruso, del derrotado triunfador, sí, porque a juicio de tu cerebro programado, eres un triunfador. Y, ¿cuál es tu misión?, la más grande de los tiempos, el destruir el mundo vivo y hacer caer la muerte sobre él. Progenitor de muertos vivientes, director de un mundo desierto donde los sentimientos humanos son tumbas con flores de acero.

Y una bomba cae sobre la colina, herida, un último suspiro y muerta; obuses, misiles y enemigos; tanques, trincheras y cuerpos y, en medio, la sangre roja que inunda los campamentos. Eso has conseguido, ¡maldito ser de acero! Y hasta el odio ha llegado al alma de aquellos antiguos pacíficos, soñadores y tiernos. Porque el mal ha caído en el mundo y solo ha causado desasosiego y angustia vital en el hombre, que antes no conocía el miedo.

Antes, antes, palabra censurada, símbolo de retroceso y aquí, divinizado, el futuro incierto e imposible, el futuro que no existe porque solo es un fantasma muerto.

Y el pasado se ha perdido en un vertedero de deshechos entre sillas, maderas y trastos, entre rastros y huellas de sueños. Ahora está todo lo opuesto, sobre la alegría ha triunfado el miedo; sobre la paz, la guerra, y sobre el amor el odio, exacerbado y fiero.

En medio de la ciudad, con sus cúpulas de cristal, aluminio rojo, aluminio negro, en medio de los árboles y los jardines, hierros retorcidos, en medio de los vecinos, muñecos deformes; en medio de todo esto hay una honda fosa, y de ella sale una luz, pequeña, débil pero aún persistente. En el fondo, antiguas cloacas cenagosas, viven poetas, soñadores, románticos, los que guardan algún recuerdo de aquel mundo sobre el cual una vez vivieron sus sueños.

Era, fue, existió, el verde, el azul, el amarillo, el mar, el pájaro, la fuente; un reino de la felicidad. Pero está tan lejano, tan sepultado y escondido por aquellos triunfadores vacíos de sentimientos… Era un mundo con problemas, a veces nunca resueltos pero a pesar de ellos siempre triunfaba lo bueno. La NADA era un concepto abstracto y sin sentido porque solo existía el TODO, la paz y los amigos.

Un día entró la discordia, el elemento enemigo, y el azul se tiño en sangre y el mar en pantano infecto. Fue una mañana clara, una mañana de enero en la que esas ideas de unos pocos hombres fieros, fieras rabiosas enjauladas en jaulas con la puerta abierta, se escaparon, huyeron hacia el infierno y con gritos satánicos resurgieron más poderosos que nunca, reyes de los miedos. Se aprovecharon de aquellos problemas no resueltos, de aquellas ideas sembradas en suelos yermos y secos. Pero traían el remedio porque la ciénaga era para ellos el más hermoso vergel, fértil, y la semilla mortal se plantó entre hierbajos, entre ranas y sapos. Y la planta creció y dio fruto, un fruto de un olor fuerte y penetrante, y todas las alimañas, comadrejas ciudadanas, buitres de oficinas doradas con oro negro, acudieron, todos en grupo, en pos de aquella llamada que se oía en todo el globo y reunía a los buenos, buenos para los malos hechos, buenos para el engaño, el charlatán de la feria con su carga de odio hacia la humanidad entera. Todos los reunidos fueron adoctrinados en una sola religión, fueron guiados hacia un mismo camino sinuoso, fueron bautizados en un mismo mar oscuro y traicionero. La semilla se esparcía y con ella el odio, el rencor, la guerra, la destrucción y el miedo, y poco a poco el hombre, ser racional, se volvió de hielo.

Listos ya para la lucha, los discípulos se esparcieron impulsados por las tormentas, huracanes del desierto. Entre los glaciares nórdicos, entre icebergs grises y yertos, como sombras huidas y silenciosas, vagan aquellos, antes hombres justos, sabios y sinceros. Escapan, se ocultan y tiemblan, ellos también tienen miedo, pero no lo sienten por ellos, si no por el mundo, el que ellos conocieron, ¿dónde están los tiovivos?, ¿dónde están los cisnes del estanque verde del parque? y ¿dónde están las voces infantiles, risas angelicales, muñecos, juguetes rotos por los abrazos que los niños les dieron? ¿En qué se ha quedado todo? ¿Qué destino aguarda al mundo sin la alegría, con la muerte acechante y con el terror siniestro?                                     

La masturbación. Tenaz. Encarnizada. Sangrienta.


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