El joven pontevedrés que le soltó un crochet a Rajoy asegura que lo hizo porque “tenía dos sueldos”. Menos mal que no se enteró de mis cinco sueldos, debió de pensar Cospedal. Qué pena que no se enteró de los cinco sueldos de Cospedal, debió de pensar Soraya. Si existen tiranteces dentro de los propios partidos, no digamos ya fuera de ellos.

Rajoy botando en el balcón de Génova dio tal pisotón a Sáenz de Santamaría que le dejó el meñique como el de la alcaldesa socialista de Jerez aleteando una sandalia: hay quien ve aquí un guiño al PSOE. Si en las caracolas se escucha el rumor del mar, en las burbujas de las botellas de champan sin descorchar de Ferraz se ahoga la carcajada diabólica de Pedro Sánchez. En Ciudadanos necesitaban beber para olvidar el mal resultado pero con las copas a doce euros ya me contarán. Unas expectativas insufladas por las alentadoras encuestas, que como se ha visto, no recogieron el seísmo de un líder de opinión como Bertín Osborne: retiraba su voto a Albert Rivera para decantarse por Rajoy. El mismo Bertín que durante una mala racha había estado trabajando en empresas fraudulentas con chanchullos de diverso tipo, hasta que por fin su suerte cambió y se hizo cantante. Lo contaba como si el cambio hubiese sido a mejor…

Por su parte, Pablo Iglesias relajó la expresión facial consciente de que fruncir el ceño tantísimo solo podría atraer el voto de los unicejos. IU-Unidad Popular consiguió dos escaños: el gato que se coló en el mitin de Garzón sin duda le prestó una de sus siete vidas.

El panorama que se dibuja tras las elecciones reivindica a Bertolt Brecht: “La crisis se produce cuando lo viejo no acaba de morir y lo nuevo no acaba de nacer”. Ahora bien, no sabría decirles un título en concreto de este autor. Ni de Kant. Se diría que estamos ante una sociedad demasiado bien representada en el Parlamento.

Fijar las elecciones a fines de diciembre ha sido una genialidad táctica de Rajoy, una estrategia taimada con un trasfondo de malicia: ha hecho coincidir el colofón de la legislatura con el del año en curso. Así pues, la liturgia del año nuevo establece una serie de buenos propósitos que superponen la política de pactos que se avecina. En enero uno no deja de fumar por el bien de sus pulmones sino por un beneficio mayor: se lucha contra el cáncer de pulmón. En mayúsculas. No se adelgaza por la salud propia: se le declara la guerra a la obesidad. Elevar la anécdota a categoría. Para que lo entiendan los frikis de Dragon Ball, como David Bisbal, que seguro que nos lee: sería una especie de Genkidama.

En consonancia con el sentir ciudadano, los líderes políticos lo han dejado meridianamente claro al afirmar que no se deben perseguir intereses partidistas convocando nuevas elecciones sino el interés general del país mediante negociaciones y pactos, porque el pueblo ha hablado. Los propósitos de año nuevo durarán tanto como el diálogo entre las distintas fuerzas que aspiran a formar una mayoría. Si tú como ciudadano no cumples tus autopromesas y en marzo ya te has borrado del gimnasio y has vuelto a engancharte a la nicotina al cuarto cigarro que te ofreció tu cuñado, ¿qué autoridad moral tienes para criticar a ese político que no cumple sus promesas?

Ahora que mucha gente va a dejar de fumar temporalmente y los niños de Carmena se van a quedar sin poder recoger colillas, seguro que a la alcaldesa de Madrid no le parecería mala idea dejar votar a los menores de dieciocho años para desencallar la ingobernabilidad (a lo mejor nos llevamos una sorpresa, para bien incluso).

Mientras tanto, yo me apuntaré al gimnasio. Cosa distinta es que vaya a ir.


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