El PSOE que lidera Snchz es esencialmente un partido reactivo: habla de derogar las políticas de la derecha sin plantear una alternativa de gobierno clara. Es de suponer que cuando Sáenz de Santamaría nos descubrió su superpoder -sabe leer los labios- Hernando estudió la posibilidad de ponerse labio leporino (lo de llevarse la mano a la boca ya lo tienen patentando los futbolistas) para así contener el envite de Soraya.

Para una vez que el PSOE toma la iniciativa, recientemente con el tema de la memoria histórica, va Carmena y se lo tumba. ¿Quiere apuntarse el tanto Ahora Madrid? Electoralismo o convicción, sea lo que fuere, no le resta interés al debate apasionante sobre la memoria histórica. “Son legión los republicanos que, habiéndose creído durante la Monarquía partidarios de un cambio de régimen, no fueron nunca, en rigor, más que partidarios de un cambio del nombre del régimen”, escribía en 1934 Julio Camba, que nunca perdía comba. Estando el articulista gallego en un andén, aguardando la llegada de un tren esmirriado, presenció una conversación que llamó su atención:

-Pero, ¡habrase visto un escándalo semejante! ¿Cómo hay todavía autoridades que toleren esa máquina?

-Tiene usted razón -le dijo otro señor-. La verdad es que esa máquina para lo único que estaría bien es para tostar cacahuetes.

-No. Si yo no me refiero a la máquina. Lo que me parece intolerable es que se llame como se llama. ¿No ve usted la placa? 'Alfonso XIII'. Llevamos ya dos meses de República, y aún no le han cambiado de nombre. Es un verdadero escarnio…

Pisando suelo madrileño Camba corroboró que aquel señor era otro de tantos republicanos con la misma mentalidad: “Donde decía 'calle de Alfonso XII', aquellos republicanos ponían 'calle de Alcalá Zamora'. No quedó un hotel con nombre monárquico, aunque en ninguno de ellos se procuró mejorar la comida ni el alojamiento. Al Real Cinema se le llamó Cine de la Opera, y si el Royalty sigue siendo el Royalty, es porque, según parece, nadie se ha enterado aún de que royalty quiere decir realeza'.”

Aún hoy, el pueblo español actúa imbuido por un aura de resentimiento, por la animosidad de una Guerra Civil estéril al tiempo que despiadada. Con vencedores convencidos de la inferioridad moral de la izquierda y con perdedores perdidos en el revanchismo inane de un callejero que no conducen a ninguna parte. ¿Cómo pasar página si este odio enconado impregna todas las páginas?  Si llevamos la lógica progre al extremo resulta que durante el boom económico se construían más calles que franquistas a los que condecorar, por lo que necesariamente la burbuja inmobiliaria tuvo que pinchar. Hay quienes necesitan el aliciente vital de la autorrealización personal para levantarse de la cama cada mañana. A otros les basta con la mera remuneración económica. Pero salta a la vista que el mayor acicate de este país es la inquina irracional. Dicho sea de paso, los primeros compases de la Gran Recesión coinciden con la aprobación de la Ley de Memoria Histórica. ¿Casualidad? No lo creo.

El español es un odiador de nacimiento, el español no guarda en la cartera la foto de un ser querido sino la de su peor enemigo. Hubo un tipo que admitió portar el retrato de un familiar en su cartera pero más tarde se vio que se trataba de una falsa alarma: la de la foto era su suegra. De hecho, esos carteristas ‘apañados’ que te devuelven el DNI por ahorrarte el engorro de los trámites administrativos, se han asociado en gremios para establecer una reforma en el código deontológico: también devolverán las fotografías, conscientes del elevado valor sentimental que atesoran.

En el ámbito hispano el concepto de monumento es del todo punto incongruente: no se entiende como “una obra pública y patente puesta en memoria de una acción heroica”. Las estatuas son una suerte de muñecos vudú en los que clavar las miradas de rencor. Se debería levantar una estatua en deshonor de Franco en cada plaza, qué digo plaza, rotonda incluso. Lo malo es que no sabrás si eso que escuchas es el claxon del coche de detrás o si es la voz de pito del mismísimo caudillo. De ahí te saca Iker Jiménez una sicofonía y tiene material para cuatro programas. En España todo el odio gira alrededor de Franco, por lo que la rotonda sería una magnífica metáfora. En resumidas cuentas, necesitamos Francos a los que empapar con nuestra bilis, a los que dirigir nuestro odio reconcentrado. Solo así lograremos sortear la maldita crisis.

Ahora bien, si Uber no consigue acabar con el sector del taxi será Carmena quien le dé la puntilla con tanto cambiar de nombre el callejero. Claro, ella es más de ir en metro.


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