Obligado estos días atrás a rescatar por motivos estudiantiles La cuestión palpitante (1882) de Pardo Bazán, me vi abocado a replantearme el dilema filosófico que se plantó sobre las mesas de los literatos del s. XIX y que, a lo largo de la vida, uno se plantea innumerables veces: ¿somos seres libres capaces de sobrepasar las barreras que el medio nos impone o, por el contrario, somos seres resignados y predestinados por naturaleza?

 

El eterno debate entre el libre albedrío y el determinismo. Irremediablemente trasladé esta cuestión a una arriesgada deducción que extraje de ciertas piezas aisladas que pululaban por mi mente y que estructuré de pronto al leer un titular que no hace mucho vi en algún periódico y me dejó un tanto atónito: "Vais muy bien en las encuestas". Estas son las palabras que el pasado 6 de diciembre Mariano Rajoy dirigió a Pablo Iglesias. Si usted relaciona el titular con estas palabras, probablemente haya pensado que no sé ni contar. Pero no, voluntariamente he querido fijar mi atención en las tres primeras (pues las siguientes, si no van acompañadas de estas, no significan nada) y resaltar lo revelador de estas: vais muy bien. Me quedaron expectantes. Por una parte, uno podría pensar que son formalismos cordiales derivados de los protocolos y que no hay que darle más importancia de la que tiene a un simple comentario. Pero como un servidor es un tanto retorcido y piensa que los políticos siempre utilizan el lenguaje de manera distinta y lo llenan de tretas y artimañas tan enrevesadas como el gongorismo más puro —¡qué disparate el mío!—, no me conformé con quedarme ahí y comencé a fantasear y a divagar. ¿Qué implica que alguien como él le diga esto al Secretario General de un partido al que considera totalmente antagónico y que, según su discurso, a lo único que se puede asociar es al Apocalipsis? Atendiendo rigurosamente al significado pragmático, ¿decirle a alguien que va muy bien, no es acaso, alguna forma de desearle lo mejor? Podría haber comentado cualquier otra cosa, cualquiera. Pero no lo hizo.

¿Quién es el Presidente del Gobierno? Pienso en él y me doy cuenta de que poco se sabe de él, como de muchos personajes sensacionalistas, y todo el mundo cree conocerlo. Al fin y al cabo, a estos personajes solo podemos limitarnos a asociar su persona con lo que representa y, siendo el principal líder del Partido Popular, nada bueno se le puede venir a uno a la cabeza. Sin embargo, si se es un poco más observador, uno se da cuenta de existe un trasfondo. Cuando uno observa los gestos  de él como persona: sus incongruencias lingüísticas, sus paupérrimas expresiones, la torpeza de su aparato locomotor cuando sale a dar sus famosas caminatas; podría compararlo incluso —¡válgame la comparación!— con Beatriz, el personaje que Borges describe en El Aleph con esta contundente frase: "alta, frágil, muy ligeramente inclinada; había en su andar (si el oxímoron es tolerable) una como graciosa torpeza". Características, en definitiva, que le hacen parecer un simple inocentón en el que no puede caber ni una gota de malicia. Viene muy al caso  el comentario que Pepe Mujica le hizo a Jordi Évole en Salvados: "Zapatero me dijo: Rajoy es buena persona. Discrepo con las ideas, pero es buena persona. Estoy siendo honesto. No tenía ninguna obligación de decírmelo, pero me lo dijo. No me dijo lo mismo de Aznar. Me dijo exactamente lo contrario". ¿Qué es ser buena persona? ¿Se puede ser buena persona  y no creer en valores como la justicia o la igualdad? No creo en las buenas personas a medias.


En fin, no se confunda usted, querido lector. No pretendo hacer una apología a su persona, ni mucho menos; si se queda con esa impresión tras la lectura, es que no habrá entendido nada. Tan solo creo que, quién sabe si en lo más profundo de su ser no hay una persona frustrada, enlutada, resignada y condicionada por las circunstancias. Tan solo he pretendido que fantasee por unos instantes y abra la verja hacia cuestiones que, quién sabe si pueden o no ser veraces. ¿Quién sabe si quizá haya en la Moncloa un ejemplar oculto y raído del Primer manifiesto? ¿Quién sabe si en la mesita de noche de la Moncloa no hay un nuevo ejemplar de Notas sobre Maquiavelo, política y sobre el Estado Moderno? Quién sabe.

Nada de esto es real, es solo ficción, olvido de la verdadera naturaleza de nuestro estar-ahí. La historia, el tiempo, la biografía, son también fútiles revestimientos. Detrás del devenir (también del personal, del proceso de la propia vida) hemos querido ver un orden, una ley, pero se trata sólo de un delirio.


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