-¿De dónde vienen las mandarinas?- preguntó el profesor de conocimiento del medio a sus alumnos de quinto de primaria.

-Del Mercadona- se apresuró a responder Pablo, sin la menor sombra de humor en sus palabras. La clase estalló en una carcajada general.

-Serás idiota, Pablito. Todo el mundo sabe que las mandarinas provienen no solo del Mercadona sino también del Lidl, del Día, del Carrefour, del chino (mandarino) de debajo de casa…- le corrigió su compañero de pupitre, Francis, con esa retranca tan suya.

 

La evolución de una especie como la humana se mide por su facilidad para olvidar el pasado más inmediato. Progresar es que un niño de diez años crea que las mandarinas nacen en los supermercados y no en los árboles. Así las cosas, uno de los mayores peajes que impone la prosperidad es la flaqueza de memoria, cuando no la ignorancia.

Este desarrollo tecnológico y social lleva aparejado la constante habitual de la división del trabajo y la especialización. Ya lo dejó dicho Adam Smith hace tres siglos, no voy a venir yo ahora aquí a refutárselo.


En la brecha generacional se hace evidente este fenómeno: cunde un sentimiento de áspera confrontación por la orfandad que causa ver deshilachado un pedazo de nuestras vidas.

-Troglodita, que no sabes ni mandar un Whatsapp- le dice uno muy ufano a su madre.

-Pues la troglodita esta va a dejar de pagar la factura del móvil y se te va a quitar toda la tontería - contraataca la voz de la experiencia.

(Este diálogo no pretende ser una indirecta hacia el director de la revista para que me suba el sueldo).

Estos tiempos tan convulsos de avance científico adquieren un grado de frenesí tal que cuando creemos habernos adaptado a ellos, en un parpadeo, se nos abre una nueva etapa que ignoramos: el pozo sin fondo de la sabiduría.

Hay una escena en la película Her donde Theodore pregunta a su novia Samantha (la inteligencia artificial) con cuántas personas interactúa simultáneamente y que si está enamorada de alguna de ellas. Samantha confiesa hablar con 8360 y estar enamorada de 641. Theodore se siente engañado. Es curioso y contradictorio verlo subido a la ola de lo rompedor arrastrando los grilletes de lo anacrónico. Algo así como una azada a modo de palo selfie.

Progresar es que un niño de diez años crea que las mandarinas nacen en los supermercados y no en los árboles.

En la última de Sorrentino podemos escuchar que envejecer es mirar la vida con el telescopio vuelto del revés. Que se lo digan a Maradona: le hacen un homenaje en la película en el que aparece el astro (nunca mejor dicho: lo sacan tan gordo que debe tener gravedad propia) argentino haciéndose pataditas con una pelota de tenis; se sobreentiende que las de fútbol se las zampó todas. 


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