Los avances tecnológicos a lo largo de la historia han contribuido a la creación actual de una sociedad de la (sobre)información. No es casualidad que el prefijo “sobre” vaya entre paréntesis. El exceso de información es una característica inherente al sistema actual. Una característica que no debería ser negativa si no fuese porque los medios de comunicación se encuentran bajo el poder de las elites. Al igual que en la teoría marxista es la burguesía quien controla los medios de producción, en el sistema actual son los poderosos los que aglutinan los medios de comunicación. Se trata de un bucle de retroalimentación: el poder permite poseer medios de comunicación, y la comunicación-manipulación aumenta el poder.

La televisión entretiene, a veces informa y siempre distrae. La televisión nos controla, aunque creemos que por poder encenderla y apagarla a nuestra voluntad somos nosotros la que la controlamos a ella. La única realidad cierta es que la televisión (y los medios de comunicación de masas en general) nos dirige o, mejor dicho, nos “teledirige”. “La opinión teledirigida” es una expresión acuñada por el catedrático de la Universidad de Columbia, Giovani Sartori, en un libro de idéntico nombre (1998). El ensayo arremete contra la cultura actual basada en la imagen. Según el politólogo italiano, nuestra cultura audiovisual destruye la capacidad crítica de los individuos y ayudar a perpetuar el sistema de empobrecimiento del saber.

El bombardeo constante de (sobre)información provoca un estado letarguía y de aturdimiento ante las cuestiones verdaderamente importantes. La elites a través de los medios de comunicación pretenden mantener adormecida al grueso de la población. Cualquier absurda noticia sirve como cortina de humo que permite esconder aquello que realmente importa. Quizá por eso en los últimos días los medios de comunicación hablan de rastas, piojos o bebés en lugar de la Casa Real, los discos duros de Bárcenas o los imputados tomando posesión en el cargo.

Los canales de televisión banalizan la política montando “debates políticos” (sí, entre comillas) donde supuestos tertulianos se dedican a hacer un circo de aquello que permita entretener al homo videns (Sartori, 1998) para que su opinión crítica quede reducida a cenizas. El interés propio es claro: la población común debe estar distraída, sin ningún ápice de tendencia revolucionaria. Recordemos, pues, que unos ciudadanos sumisos no generan problemas, no intentan destruir el régimen de bienestar de las élites y ni si quiera se plantea la necesidad de hacerlo. El nuevo concepto de democracia totalitaria donde las porras se cambian por propaganda (Chomsky, 1995).

Partimos de una premisa muy importante: lo que no sale en la pequeña pantalla, no existe. Basta con no nombrar ciertas informaciones para que estas se esfumen, desaparezcan de la esfera mediática. Sin embargo, si no se puede esconder una noticia, basta con rodearla de noticias sin importancia. Esta sobreinformación acabará desembocando en desinformación. Una noticia tras otra, un titular seguido de otro. No más de diez segundos a cada uno y, por ende, la imposibilidad de asimilar, de formar opinión, de abstraerse más allá de lo dicho por la voz en off que sale de la pantalla. El caldo de cultivo perfecto para la creación de “imbéciles (sobre)informados” que solo conocerán aquello que el telediario les ofrece pero que, sin embargo, no habrán aprendido.

Volviendo al ámbito político, este control mediático de la democracia totalitaria permite a las elites seguir controlando el poder para su propio beneficio. Una sociedad entretenida con telebasura y manipulada con pseudotelediarios es su mejor aliado. 


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