Si creas algo -ya sea arte furioso y descarnado o un haiku a la primavera- conoces el desconocimiento de tu utilidad. Te preguntan ¿por qué? y ¿para qué? y, al final del día, hasta tú mismo te lo preguntas: ¿valgo para algo? ¿Qué soy? Ese es el resultado de mezclar una sociedad que busca la recompensa fácil, con la mirada pausada de la imperfección que es el arte.

Quizá sea, pues, la identidad moderna, una mezcla de elementos que no debieran ser mezclados nunca (no pienso recurrir al "agua y aceite", ya que es más como leche y ácido sulfúrico); ese es el artista en la actualidad, en el mundo que se te presenta al salir a la calle y dar una pesada bocanada de gris y contaminación (de aire, si no vives en Madrid), del mundo en el que actúas y te importa. Ahí vive el artista, en la importancia del mundo, porque, afrontémoslo, lo que pase a más de un vagón de metro de distancia nos importa una mierda si llegamos tarde y nos hemos quemado la lengua con el café. Y no se me entienda mal, parte de ser humano radica en que, efectivamente, nos importe un mundo más amplio que nuestro mero entorno, pero es justo eso lo que está en juego, la humanidad, nuestra humanidad, y aquí es donde el artista entra en juego: el escritor y el pintor, el artista. El proceso creativo es el acto más puramente humano, es mirar al mundo cada mañana y reflejar la mirada que nos devuelve.

Quizá valgamos para esto, simplemente, para ser los ojos de una sociedad que ha perdido las ganas de mirar al cielo por las mañanas y preguntarse por qué los pájaros, cada vez, cantan menos. En un mundo en el que da lo mismo que salga el sol si la bolsa se mantiene, nace el artista, producto de rebote de la sociedad misma, como la lluvia ácida, para ser los ojos que el mundo ha perdido.


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