Es probable que cuanto me dispongo a compartir a continuación suene ligeramente irregular, extraño o difícil de asimilar, aunque si quienes estáis leyendo estas líneas sois de la generación de El Diario de Patricia, no tenéis de qué preocuparos, pues nada cuanto diga llegará a herir vuestra sensibilidad (quienes aún la conserváis). Leída la letra pequeña, allá va: siento una curiosidad sociológica por las batallas y duelos en el reino animal. Sí, sé lo que estáis pensando. Dada la atmósfera que he creado al comienzo del texto, esperabais que mi confesión se acercara más a: “me produce excitación sexual espiar a una persona mientras baja o sube un toldo”.

No paséis la página aún, que todo tiene su explicación. Estoy suscrito al National Geographic Channel, algo que me atrevo a decir a voz en cuello y sin avergonzarme. Los cuadros los enmarco en amarillo porque mi devoción no conoce límites (así como mi gusto por las horteradas). Parte de mi tiempo libre la dedico a ver el NGC (sí, ya me he cansado de escribir el nombre completo, no me juzguéis, que estoy escribiendo un domingo in the morning), y no exclusivamente para disfrutar de lindos gatitos en alta resolución, sino porque me fascina cómo es posible extrapolar el comportamiento animal a la sociedad actual.

Por ejemplo, un hecho que ha intrigado desde los anales hasta las cabezas de la historia a los sociólogos es la gran semejanza existente entre las relaciones de competencia en animales y en humanos. Es decir, cuán parecidas pueden resultar las riñas intraespecíficas por superioridad, territorio, lecho...

Para ilustrarlo podríamos señalar lo que sucede cuando dos ancianitas atisban en el horizonte lo que parece un sitio libre en el metro o en el autobús. Primeramente cruzan miradas inquisidoras comunicando con sus ojos lo mucho que desean que sus arrugadas nalgas se esparzan y extiendan en la butaca como una colchoneta desinflada. Una vez sentadas las intenciones, repentinamente, se lanzan a la caza del asiento. Avanzan hacia su objetivo con seguridad y fortaleza, arrasando con todo obstáculo que ose interponerse en su camino, como una melé de rugby.

Si se produce el encontronazo, comienza una batalla verbal en la que cada una afirma estar más machacada por la edad que la otra. Esto es, la una afirma que el reuma la está matando, la otra que la ciática no le deja ni dormir; la otra reemprende la acometida alegando padecer “mal de piedra”... y así hasta que una de las dos cede por sensibilidad con la oponente o por deshidratación tras tal consumo de saliva.

Otra de las tácticas empleadas consiste en dirigirse a los presentes, testigos de aquella histriónica escena salida de una película de cine mudo, con la intención de lograr el apoyo del público. Sin embargo, en lugar de producirse tal resultado, se crea un debate paralelo entre otra pareja de ancianitas, las cuales, portavoces en la sombra, agitan sus cuellos a favor o en contra como un Bubblehead. Cuando la excitación roza límites insostenibles, la danza de cuellos es tan brusca que los moldeados comienzan a temblar, a zarandearse. Para que quede constancia, he de recordar que los moldeados son esas obras de albañilería capaces de hacerle la competencia al hormigón armado.

Con el paso de los años, estas ancianitas han desarrollado un sexto sentido que les permite detectar a un radio de varios kilómetros asientos libres en el transporte público. Investigadores de la Universidad de Californication, tras haber analizado sus receptores de estímulos, han llegado a la conclusión de que ellas son capaces de detectar las vibraciones producidas por las nalgas de un individuo al despegarse de la superficie plástica del asiento (muy similar al sonido que se produce al quitar el plástico protector de la pantalla del móvil). Una comisión de expertos se reunirá el mes que viene para discutir si es factible sustituir los actuales sismógrafos por una pareja de ancianitas que nos advierta con antelación de la sacudida de un terremoto.

Para avalar esta hipótesis he reconstruido una situación que viví un día aleatorio en compañía de mi yaya:

(Manteniendo una banal conversación de ascensor con mi yaya)

-Yaya: (De pronto, su rostro se tuerce como si estuviera oliendo a gas)
-Yo: ¿Qué te ocurre, yaya? ¿Es el vértigo? ¿Notas que va a cambiar el clima?
-Yaya: ¡Shh! Un sitio ha quedado libre en el metro. ¡Rápido, al yaya-móvil!

Nananananana nana nah naaaah


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