La Mecha está cansada de escuchar y leer, sin pausa, un nuevo “escándalo” de corrupción. Entre comillas porque ya a nadie le impresiona y mucho menos escandaliza, que sería lo propio. Y es que cuando los hechos se repiten suelen dejar de ser reseñables. Aun así, esta hipótesis no es tan contundente si la extrapolamos al ámbito de la política. ¿Por qué? Sencillamente porque la noticia se transforma en un arma arrojadiza dentro de esa guerra, por lo general encarnizada, en la que estamos acostumbrados a ver luchar a nuestros políticos. Con esta propiedad reutilizable, este tipo de delitos han cansado a toda la sociedad española. Sin embargo, si de algo nos ha concienciado, aunque sea de manera subyacente, es que robar no implica mancharse las manos -en sentido literal-. Nos ha hecho creer en la presunción de culpabilidad. Sobre todo en la de aquellos que visten de traje. 

Puede que nos estemos autodemonizando como sociedad y todavía mantengamos nuestro instinto de justicia, pero esta vez correremos ese riesgo. La Mecha sabe que ante un caso de envilecimiento existe una condición: que el supuesto “canalla”, “hijo de puta” o “chorizo” no sea conocido ni que seamos tampoco nosotros mismos. Porque, si es así, no le damos importancia. Corromperse va de no parecerlo ni tampoco reconocerlo. Es como robar a riesgo de que te descubran, pero con la tranquilidad de que quien lo termine sabiendo también lo haría y, por tanto, el pecado se convierte en delito compartido, además de impune. Porque aunque no se vea, la corrupción es como una manzana en descomposición: puede estar rodeada de frutos verdes, sanos y en buen estado, pero huele -y mucho- en esa naturaleza de apariencia intacta. No hace falta robar para ser un corrupto, basta con mirar hacia otro lado. Y en La Mecha lo sabemos bien.

Al apartar la mirada, el horizonte es infinito: empieza engañando a la báscula en el supermercado y termina financiando con dinero público bolsos, trajes y sedes. Cualquier cosa. Da igual. A nadie le duele gastar el dinero ajeno, igual que a ninguno parece preocuparle la crítica hipócrita y criminalizada a la clase política. Nadie se da cuenta de que los hemos convertido en el blanco fácil de este juego, mientras nosotros estamos en el mismo tablero, con las mismas fichas y las mismas reglas, solo que jugamos por un premio bastante menos suculento, aunque igual de tentador. Pero da igual, todavía seguimos creyendo que tenemos el derecho como ciudadanos, y solo por el hecho de serlo, de seguirnos entreteniendo y regocijando con el humillante chismorreo de quien ha usado nuestro dinero por y para cuenta propia, mientras nuestra casa es una cuadra tan infecta de excrementos que ni siquiera los olemos ya. Seamos claros, la corrupción es una especie de epidemia, pero que no entiende de clases ni de estratos. La corrupción es personal y siempre tiene un mismo hedor: el cinismo. 


Deja un comentario

All fields have * are required

0 Comments