Entre las utópicas aspiraciones del español medio no falta la idea de montar un bar como alabanza a las dotes culinarias de alguno de los presentes –matriarcas normalmente–. Hala Doudieh también bromeaba con sus padres sobre la hostelería, pero hace apenas cinco años no podía imaginar que inauguraría un restaurante árabe en Alcobendas, a 3.600 km de su casa, obligada a dejar su hogar, sus estudios de Bellas Artes y su vida a causa de una guerra civil.

 

PASADO


La familia de Hala podría haber sido el paradigma de la clase media española: su madre dirigía el Departamento de Geoquímica de la empresa petrolífera estatal Syriam Petroleum Company; su padre era artista y diseñador de interiores. Su historia es la historia de la geopolítica reciente de Oriente Medio. Su padre y sus abuelos paternos, de origen palestino, llegaron a Siria tras la primera guerra árabe-israelí, al campo de refugiados de Yarmuk, que terminaría anexionándose como barrio de la ciudad de Damasco. Dos décadas más tarde, en 1970, Hafez al-Asad llegaría al poder con un golpe de estado para controlar el Partido Baaz –de ideología nacionalista, árabe y socialista–, que se había impuesto en el Gobierno cuatro años atrás. La sustitución de su hijo Bashar en el año 2000 daría continuidad a la dictadura Asad. 
 

«En Siria hasta los más jóvenes se involucran en política»


En un campo de refugiados, amalgama de etnias y religiones, asfixiado por la miseria y la nostalgia, sólo la esperanza y la fuerza de los residentes forzados a la marginalidad conseguirían edificar un barrio nuevo. La represión y la indiferencia hacían inevitables el interés y la implicación política, «Hasta los más jóvenes se involucran», reconoce Hala. «Los refugiados y sus descendientes no tienen nacionalidad y tienen vetada la participación en determinadas actividades políticas», explica Natalia Pérez, doctora cum laude por la UAM en el conflicto de Oriente Medio. Hoy, del Yarmuk que construía su futuro con autonomía, sólo quedan escombros y recuerdos diseminados por el mundo; un territorio inhóspito, sin electricidad ni agua corriente, sitiado por el Ejército de al-Asad y el ISIS.

Bashar al-Asad decepcionó las expectativas de aperturismo de la sociedad con una actitud reaccionaria ante las demandas de libertad y dignidad, e incluso encarcelando a la oposición democrática surgida poco después de su llegada. Las revueltas de Deraa en marzo de 2011, auspiciadas por la Primavera Árabe, fueron reprimidas con dureza por el Régimen, dando inicio al conflicto civil armado. «El primer año de la liberación la gente se manifestaba en silencio y desarmada, mientras que las fuerzas del ejército sirio respondían con armas», cuenta Hala. Después comenzó el uso indiscriminado de bombas de barril y armas químicas con un saldo de 350.000 fallecidos, de los cuales un tercio se calculan civiles, según las ONG de la zona.

«La gente que conoce el régimen de Bashar al-Asad sabe que no está en contra del terrorismo. Él ha matado  a más gente que el ISIS», explica Hala. Un curso en la Facultad de Bellas Artes fue suficiente para que la joven damasquina fuese señalada por el servicio de inteligencia, debido a su actitud de rebeldía, aunque no llegase a sufrir detenciones. «Nunca se te va de la cabeza que pueden ir a buscarte en cualquier momento, en mitad de la noche. Mi mejor amigo desapareció hace cuatro años y nadie ha vuelto a saber de él», señala.
 

«Cuando llegaron los tanques al barrio supe que tendríamos que irnos, por el futuro de mis hijos»


«Mi barrio es de sangre caliente, yo sabía que habría problemas», afirma Hala. Su madre cuenta afectada que por ella no habría dejado su país, y que habría muerto en él, pero sus hijos habrían terminado encarcelados. O algo peor. «Cuando llegaron los tanques al barrio supe que tendríamos que irnos, por el futuro de mis hijos», cuenta conmovida. En octubre de 2012 los bombardeos ya eran constantes y Yarmuk empezaba a estar rodeado por puntos de control que impedían el acceso de medicinas a los rebeldes. «Recuerdo que una vez, en un taxi, vi a un policía pegando una paliza brutal a un chico. Lloré en silencio. Los taxistas también son espías».

Tuvieron suerte. La familia política de la hermana de Hala es española. Les enviaron una carta de invitación –indispensable para visitantes extracomunitarios– a su familia, que tenía intención de pedir asilo político a su llegada. La Directiva de Dublín de 2013 ha unificado el tránsito de refugiados entre los países de la zona Schengen, lo que les permitió el traslado a Suecia, donde la situación económica auguraba un futuro mejor. «Por el frío apenas salíamos a la calle, no nos comunicábamos y no podíamos aprender el idioma. Yo soy muy sociable y activa. Por eso cuando nos denegaron la residencia me alegré de volver a España», comenta.
 

 

PRESENTE


España era la última oportunidad a la que los Doudieh podían aferrarse si deseaban evitar el regreso a Siria. Sentir realmente el fin del peligro es complicado para un refugiado. Después de esperar unas horas en el aeropuerto de Barajas, un coche de la Cruz Roja les llevó al Hostal Welcome. En ese momento, los fantasmas del pasado reaparecieron. Hala todavía se estremece al narrar el miedo que sintió durante el trayecto: «Sonreía mientras nos llevaban en el coche, pero me recordaba al mujabarat y pensé que nos llevaban a la cárcel».

Su recuerdo del Centro de Acogida de Refugiados de Alcobendas (CAR) es sombrío y, aunque han pasado tres años, aún se perfila nítido en su memoria. Las condiciones psicológicas en las que llegó no ayudaron a su recuperación emocional: «Al principio no entendía nada. Una vez en el centro, me di cuenta de que había dejado Siria y tenía que empezar de nuevo. Estuve jodida. Es como si coges una planta de la tierra y la pones sobre un cristal. Tiene que adaptarse al nuevo medio. O hablaba el idioma y trabajaba o no me comunicaba con nadie y permanecía en el centro de refugiados. O me cerraba a mí misma o me abría al mundo».
 

«Me sentía atacada porque algunos empleados eran racistas»


A la situación de estrés se le sumó el mal trato recibido en el CAR: «Los trabajadores no nos lo hicieron fácil. Yo estaba desconcertada, violenta e indefensa. Me sentía atacada porque algunos empleados eran racistas. Nos miraban por encima del hombro y nos tiraban la comida como si fuésemos una mierda». Sabe que sus reacciones no eran las que hubiese tenido en cualquier otra situación: «Llegas al punto de sentirte como un animal. Yo me recuerdo a mí misma y digo ¿cómo podía hacer eso? ¿Cómo po día gritar así? No podía aguantar».
 

 

Los primeros meses todos los refugiados siguen unas pautas de comportamiento comunes, son incapaces de seguir los horarios implantados por el centro porque dedican toda la noche a chatear con la gente que continúa en Siria y aprovechan el día para dormir. Es un bucle autodestructivo. Hala supo que debía evitar el contacto con sus compatriotas para salir de la espiral de decadencia en la que estaba sumida: «Me gustaba un chico que intentaba alcanzar Turquía. Justo cuando iba a salir al mar dejé de hablar con él porque no podía aguantar la presión de comunicarme con una persona que podía morir de un momento a otro. Necesitaba hacerlo».
 

«Me dedicaba toda la noche a chatear con la gente que continuaba en Siria»


Los centros de acogida ofrecen seis meses de clases de español y la opción de realizar un curso de formación profesional para facilitarles la entrada al mercado laboral. Aunque Hala denuncia que este tiempo es insuficiente para que el proceso de adaptación pueda considerarse satisfactorio, ella aprendió rápido y consiguió un trabajo como peluquera. Al año, los Doudieh decidieron alquilar una casa en Alcobendas con la ayuda de 2000€ que el Ayuntamiento brinda a los refugiados que se empadronan allí. Fue entonces cuando decidieron hacer lo típicamente español: montar un bar. «Yo me encargué de todos los papeles. Aprendo rápido, me enseñas una cosa una vez y ya lo hago. La gente suele tardar dos años en conseguir la licencia. Yo lo he hecho en tres meses».

Hala mira el restaurante con orgullo. Las paredes están decoradas con las fotografías de la artista siria Anas Farah. Nos confiesa que les gustaría poder decorarlo mejor para que su padre hiciese el trabajo que dejó como diseñador de interiores, pero es consciente de que no es el momento. Respira tranquila, pues el primer año del restaurante ha sido más satisfactorio de lo que esperaba. Desde su inauguración, sus padres han mejorado la visión que el centro de acogida les dejó de los españoles. Las heridas empiezan a cicatrizar.
 

FUTURO


La celeridad de los acontecimientos obliga a centrar todos los esfuerzos de los refugiados en la lucha por la supervivencia. Durante sus tres primeros años en España, sin un hogar fijo ni un trabajo estable, poco había sido el tiempo del que había dispuesto Hala para reflexionar sobre cuáles eran sus aspiraciones. Con el restaurante en marcha, su familia trabajando, y su hermano terminando sus estudios, Hala pudo tomar aliento. Echó la vista atrás y, entonces, aunque nunca había dejado de hacerlo, recordó su vida anterior. Vio cómo algunos de los colegas con los que había compartido pupitre se graduaban y pensó que tenía que hacer algo. «A mi edad no tenía nada: ni vida social, ni novio, ni amigas, ni salud, ni estudios. Nada. Únicamente familia y trabajo».

¿Estudiar en Madrid? Un imposible para alguien sin nacionalidad europea. La bajada de tasas para los estudiantes europeos implementada por Cristina Cifuentes ha supuesto la subida del precio de la matrícula para los universitarios extracomunitarios alcanzando los 6.800€. Al igual que la mayoría de refugiados pensó en Alemania como el país de las oportunidades, aunque no quería volver a pisar jamás un centro de refugiados. Fue entonces cuando su amiga libanesa, May Ashir, le propuso dar una charla en la UAM. Durante la conferencia comenzó a sentirse cómoda, pero su deseo por volver a la universidad creció. «¿Por qué no hacemos una campaña para que Hala entre a la universidad?», proclamó May en los ruegos y preguntas.Ese mismo día nació la plataforma Refugiados a la Universidad.

El 30 de noviembre de 2015, tras una conferencia en la Facultad de Bellas Artes de la Universidad Complutense de Madrid, el decano se acercó a hablar con ella y le dijo que quería admitirla. Tras varias reuniones con él y el vicerrector, Hala consiguió una plaza gratuita en la universidad, tal y como prometió facilitar la Conferencia de Rectores (CRUE) meses atrás. El lunes 7 de marzo Hala ha retomado sus estudios con tres años más, con menos inocencia y un ansia mayor por adaptarse a su nuevo entorno.

Le habrán preguntado mil veces cuál cree que será su futuro, pero sigue pensándose la respuesta. Para ella volver a Siria sería como viajar a otra galaxia e, irónicamente, repite lo que sus abuelos dijeron al abandonar Palestina hace más de medio siglo: «Algún día volveremos». Mientras tanto, sólo arte: «Es un espejo en el que reflejo lo más profundo de mí misma, una forma de expresión, un idioma. Quiero enviar un mensaje a través del arte por los derechos de los refugiados. Ya no tengo miedo. Hablo por aquellos que sí lo tienen».


Reportaje publicado en el Número 2 de La Mecha (marzo, 2016)

 

Deja un comentario

All fields have * are required

0 Comments